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Aquella noche estaba más inquieto de lo habitual por dos motivos: El estómago me rugía como una bestia feroz pidiendo carnada, y es que aunque desde que llegué a la mansión de mi Señor me habían atendido con corrección en todo momento (peor me había ido en mi anterior caserío del sur, en donde palos iban y palos venían sin argumentos que lo merecieran), sin embargo en lo referente al tema de las comidas, a veces en la gran casona se olvidaban de mi. Eran gentes rudas y valerosas los que allí poblaban, pero no por eso les reconocía mala intención en estos olvidos. "Somos muchos ¡caramba!", me decía a mi mismo. Otro motivo era que el Señor llevaba más retraso de lo habitual y en aquella ocasión la mansión estaba extrañamente desierta (de no ser por mi pobre, y por esa noche, olvidada presencia). Hacía tan sólo tres semanas que el Señor Hanks me había acogido entre los suyos, y aunque el cambio en principio me suscitó cierto temor (dicen que más vale lo malo conocido.... en mi caso: bien malo; que lo bueno por conocer); pronto descubrí que no tendría razones para temer a mis nuevos "camaradas". La comida era buena, en ocasiones abundante; aunque ya he reconocido, que no por maldad, pero otras veces no veía un mísero mendrugo. ¡Pero qué caramba...!, En tan sólo tres semanas había cogido algo de peso y eso significaba mucho. Dormía en las cuadras, sí; pero también duermen allí algunos hombres de la Guardia y otros tantos de los que trabajan las tierras del Señor. Así que no por dormir en las cuadras veía agredida mi dignidad. Antes bien: pudiera llamarme a mi mismo "Noble Labrador" o "Valiente Soldado" por el hecho de compartir semejante descansorio. Pero de momento era un recién llegado, que agradecía lo poco que tomaba y que ciertamente aspiraba a nada. Y bien pensado, os confieso que nunca me vi como soldado. Me dan repelús las armas. A pesar de mi corta edad, algún coscorrón de palo de pica ya había recibido sobre mis carnes y no me producía mucho afecto. Labrador... pues tampoco. Nunca distinguí una baya de una lechuga. Pero la caza, ¡ah, la caza! Noble afición la caza en la que mezclábanse, cada cual a su cometido, tanto la nobleza como el vil sirviente. En aquellas tres primeras semanas tuve el honor de asistir a tres batidas: ciervos y jabalíes fenecían ante la silbante punta lanzada por ballesta, o el fiero brazo portador de pica afilada. A pesar de mi juventud, o quizás debido a ella, seguía muy de cerca estás lides. Con tanta pasión, que más de una vez estuvo mi vida salvada por la medida de un tallo de trigo tan solo. Y en una ocasión contemplé pavoroso como cierto jovenzuelo, con el que llegué a compartir saco de paja en las cuadras, cayó abatido por una malhadada pica de acero que con tan poco acierto fue lanzada. Tuvo el noble Señor de Ostandr, que estuvo de visita, que pagar a la familia dos patas de cerdo y un ganso engordado por tan llorada pérdida. Que si bien estuvo despistado en el tiro, era un caballero y se preciaba de ser justo. Recordando el olor de la fiambre cazada. Reviviendo el estado de éxtasis al contemplar a un macho cornamentado yacer sobre la yerba. Rememorando así, mi afilada hambre, veía y hasta olía la grasa que vertía la brava pieza, cuando ya tenía el aspecto de cualquier animal muerto desprovisto de su natural abrigo y dorándose al fuego, atravesado en un palo de roble. Así pasaban los interminables minutos en un estado vacilante de no saber si morir de pura hambre o de sobrada angustia ante la prolongada ausencia de mi Señor Hanks en una noche oscura como aquella sólo lo fue. El viento ululaba tenebroso por las rendijas de las ventanas y hacía estremecedoras cabriolas con las cortinas del balcón. El cielo tenía tanto movimiento por el viento que las escasas estrellas que aun podían titilar parecían devoradas por murciélagos en lucha... o así veía a las nubes. Y la Luna, esa noche no fue Luna, sino mancha de sangre desparramada entre sombras negras, y muy de cuando en poco lograba vérsele. Mis sentidos, en aquella tremenda soledad, se agudizaron como el ingenio ante el hambre, y a lo lejos me llamaba la atención el descaro de la abubilla que por la noche lanzaba improperios al zorro, y también al zorro que jadeante y entre aulliditos y bufidos, se lamentaba de haberle perdido el rastro quizás a algún conejo... Y de repente toda la acción comenzó. Tan absorto estaban mis sentidos enfocados al frontal de la casa que había descuidado la vigilancia de su parte posterior, y por allí, nada acostumbrado, se oyó un crujido y un chirriar de hierros: era la puerta de la cocina que se abría. Pero... ¿Quién o qué podría ser a aquellas horas? Se me erizaron los pelos de todo el cuerpo, se me abrieron las fosas nasales de excitación, se me hinchó el pecho con aire caliente y muy despacio me dirigí con gran cautela (y todavía más miedo) al lugar de mi congoja. Oí voces... Me detuve. Yo estaba en la planta alta de la casa, muy cerca de las estancias privadas de mi Señor Hanks. No hay que decir que aquello me estaba prohibido; pero la casa estaba tan sola y yo tan inquieto, que había subido hacía unos minutos para echar un vistazo. Me aproximé al pasillo alto. Frente a mí, a la izquierda: las puertas de todas las habitaciones, todas cerradas. Y a la derecha: la barandilla del pasillo elevado, que se comunicaba con el gran salón central. Seguí el discurso ininteligible de aquellas voces y permanecí agazapado entre los varales observando. ¡Y cuan grande fue mi horror! Mi Señor Hanks entraba malherido, se tocaba el costado y su brazo estaba manchado de sangre oscura como la Luna. Su acompañante parecía ser su Consejero Fritz y ya más cerca, con gran pavor, pude oír lo que hablaban: -Mi Señor, debe usted subir a sus aposentos. El médico de campaña ha sido llamado por un mensajero, y pronto llegará -decía Fritz-. -¡Ah!... Mi buen amigo... Ayúdame a subir y luego parte raudo a por mi sobrino. ¡Ah! -se quejaba mi Señor Hanks. Al oír hablar sobre su sobrino me sobresalté. Si mi bravo Señor estaba en tan mala disposición. ¿Cómo se encontraría su querido sobrino Luc? Por que he de decir, que si uno de entre todos se ganó al apelativo de estimado en mi nuevo hogar, ese fue el sobrino Luc. ¡Qué joven tan simpático y a la par tan valiente caballero! Y ahora.. Quizás estuviera en peligro también. Mi angustia aumentaba. Pero de repente reparé en un pequeño detalle y es que... yo no debía de estar allí arriba. El Señor Hanks subía con dificultad peldaño a peldaño ayudado por su Consejero Fritz. Exhalando un ¡ay! y un ¡ampf! según fuesen escalones pares o nones, y un rastro de sangre negruzca, de mal presagio, quedó diseminado por la pared y una espada que aquella decoraba. Estaban a punto de doblar la escalera y avanzar por el pasillo cuando decidí (y creanme: en qué bendita hora decidí aquello) saltar sobre el alfeizar de la gran ventana en la que acaba el pasillo. Y me oculté entre las sombras. La noche tenía algo de tenebrosa y también de mágica. Parecía como si las sombras lo transformaran todo, como si el viento cambiase el significado de los sonidos o de las palabras, como si el negro fuese algo tangible y los destellos de los rayos de luna, linternas de la Santa Compaña. No se asombren pues de las extrañas reacciones que en mi interior se producían. Mi corazón estaba ahíto de angustia, mi estómago profundo de hambre y mis ojos creían ver personajes siniestros. El Señor Hanks, ayudado por su Consejero Fritz ya estaban doblando la puerta de su alcoba y un olor penetrante a sangre se esparció en el pasillo y fue entonces... o a la vez quizás, cuando esa noche perdí la razón por primera vez. ¿Sería por la Luna? ¿Sería por las voces del viento? Por el rabillo del ojo creí ver algo moverse allá entre el jardín. Y un golpe fuerte de olor a sangre penetró mis sentidos. No sé si una cosa provocó la otra, pero vi claramente dos figuras negras moverse por los setos del jardín. Iban encapuchados, con unas largas capas negras que ondeaban al viento como pendones de guerra. Y a la vez, justo en ese momento, el acuciante hambre, la tremenda angustia, la necesidad, y el olor de la sangre... todo se mezcló y mis ojos dejaron de ver las capas negras moverse en la oscuridad; giré la cabeza y me dirigí a la alcoba de mi Señor para... para... ¿comerlo? Mi estómago pensaba por mí. ¿Pero qué suerte de brujería me hacía actuar así? ¿Qué poder siniestro obraba por la casa? Avancé todavía dos pasos más y me coloqué justo en la mitad de la alcoba y fue un quejido de mi bravo Señor lo que me sacó de mi estado alucinatorio. -¡Ay! ¡Ese bastardo pagó con su vida! Pero el otro salió huyendo... No temo ahora por mí, temo por mi sobrino -y su voz se interrumpió entre toses dolientes-. -No debéis temer por él, está con los mejores hombres -arguyó Fritz-. En mi breve estancia pocas veces había visto así al Señor Hanks. No sólo por lo malherido, que obviamente era la primera vez; sino por lo preocupado. Se incorporó sobre su costado sano y agarró fuertemente a su Consejero, y le gritó: -¡Dime que mi sobrino vivirá para ver el Sol de mañana! ¡Dime que no hemos sido traicionados! -y cayó hacía atrás con los ojos vueltos, para proseguir entre susurros-. ¿Nos han seguido Fritz? ¡Ah...! ¿Viste si nos han seguido? En ese momento oí un crujido en la puerta de las cocinas. Fritz debió de oírlo también porque giró su cabeza y mirando por un momento por encima de mí hacia el pasillo y al iluminado Salón, contestó: -Estamos solos vos y yo, mi Señor -y una sonrisa malévola asomó por un fugaz instante a sus labios. Me sentí atravesado por su mirada. No quise esperar más y me escabullí de la estancia raudo, avancé todo el pasillo, a tropel bajé las escaleras y al llegar sofocado abajo, efectivamente comprobé: que no estábamos solos. La puerta de la cocina estaba entreabierta y daba rítmicos golpes contra el marco mecida por el viento. Alguien había estado allí, pero quien fuese parecía que había abandonado el lugar. ¡Qué desamparado me sentí entonces! Si hubiese estado la casa poblada de valientes guerreros como en otras ocasiones, si hubiesen comparecido ante el ruido los sirvientes, los labradores que dormían en las cuadras contiguas... Pero la Comarca estaba en alerta y tanto el que tenía la espada y el escudo por compañero como le que no, en esos momentos se encontraban de campaña, rondando todos los campos. No se les esperaba hasta el mediodía siguiente. Quedaban muchas horas solitarias de noche de capas oscuras. Detrás de mí sentí los pasos de Fritz, así que me acurruqué como pude en un hueco de la cocina. Lo vi pasar de largo sin prestar mucha atención, marchaba rápido y agitado y desapareció por el jardín. Todavía estuve unos minutos sin moverme, pero ya he dicho que esa noche fue muy extraña, fue mágica, fue distinta. Me sentí insuflado de un valor que no tenía, el corazón parecíame que iba a explotar entre sístoles y diástoles y sin dominar casi mis actos me vi en medio del jardín. Fue entonces cuando un destello rojo de luna iluminó cierta parte de los setos, con tanta fortuna para mi que vi al señor Fritz parlamentar con dos figuras oscuras ataviadas de largas capas negras. Fue la fortuna de la Luna, que aunque teñida de siniestra, quiso jugar con un destello suyo a mi favor para beneficio de mi vida y la de mi Señor. Una vez descubiertos el siniestro concilio de intrigadores me detuve y valiéndome de las sombras, que de inmediato volvieron, me quedé tras unas enredaderas agudizando el oído. La melodía cansona del viento con el follaje del jardín no me permitía oír con exactitud todo cuanto decían. Tan sólo eran comprensibles las palabras por trozos robados a la noche: -... Está arriba... Haced vuestro trabajo... -... ¿Y el sobrino?... -... Todavía está lejos... Muerto el Señor... Los demás nobles... Nadie le seguirá... -... El sobrino no podrá... muchos son los que le envidian... -... Seguid con el plan... El Consejero se perdió en una oscuridad aun más absoluta y las dos capas negras se giraron sobre sus talones y se encaminaron hacia la entrada de la cocina. Y vi claramente un fulgor metálico relucir bajo la tela negra de muerte que cubría a uno de ellos. Si uno iba armado... era lógico pensar que también lo estaría su fatal compañero. Poneos en mi lugar. Débil de hambre, solo, desarmado, y, hay que recordarlo... con cierta aversión a las armas; y tenía la inmensa responsabilidad de impedir que aquellos dos sicarios entraran a la casa. Había que actuar ¡Cómo fuese! Puede que fuera por el influjo de la Luna roja que se volvió asomar, pero me armé de valor, alcé mi cuerpo cuanto pude tras las ramas de la enredadera y empecé a rugir... a gruñir... a aullar... fingía que allí se encontraba un lobo para asustar a los intrusos. ¿Os imagináis qué patética estampa?... Yo queriendo parecer a un temible lobo como única opción de proteger a mi Señor. Pero al menos llamé la atención de los tenebrosos capas negras. Se pararon de golpe y, al menos el uno, parecía más asustón que el otro. -Ay, Ay... por ahí hay una bestia... -dijo el primero con temblorosa voz-. -¿Y a nosotros qué? -y en esto arremetió una pedrada contra la pared de a mi lado. Esperaron unos instantes que a mí me parecieron horas, para luego decir:- Se habrá ido asustado. ¡Menuda fierecilla te asustaba...! ¡Bah! ¡Adelante! Y ya no había otra cosa que hacer que atacar. Yo no sabía que en esa noche recibiría aún una grave herida, que llevaría como medalla en la casa en adelante, ni el arrojo ni la fortaleza que saca de sí, de donde no la hay, un pequeño novato como yo en una noche de viento silbante y Luna bermeja. Así que salté sobre el primero de ellos. Le bloqueé las piernas y lo hice rodar. De seguido él tiró una estocada con su puñal que cortó varias ramas de la enredadera, y luego ¡Oh dios! Todavía no sé como hice aquello: Le mordí fuertemente el talón de Aquiles con lo que lo dejé cojo de por vida y ya sea por el sabor a sangre, por el hambre enferma, o por el tinte de la luz de la luna de aquella noche, que me abalancé hacia el segundo y casi sin darse cuenta tenía a un pequeñajo subido a sus espaldas mordiéndole cuello y orejas. Que a falta de acero siempre fueron buenas armas los caninos e incisivos apretados en su justo sitio. Intentó zaherirse con violentos volteos. El pobre tumbado gritaba horrorizado de dolor al comprobar que no podía ponerse en pie. Pero uno de ellos acertó. No sabría decir de si el valiente o el cobarde, pero ahora importa poco, lo cierto es que en la oscuridad de movimientos, en el amasijo de cuerpos alterados que éramos los tres, sentí un desgarro en el muslo, un resquemor atroz, me vino una debilidad a todos mis miembros y entonces sí, aullé de dolor y ahora sí que hubiese parecido un lobo, pues tal fue mi estremecedor alarido. Caímos los dos al suelo pero a decir verdad, yo me llevé mejor parte: el valiente capa negra, en mitad de la noche, quedó ensartado por el pecho por el puñal que sostenía el cobarde tumbado. -¡Hijo de perra....! -fueron sus últimas palabras. Su compañero con los ojos desorbitados avanzó a rastras para clavarme la sentencia de muerte en mi pecho. Yo estaba muy débil, y a partir de aquí apenas si tengo nítidos recuerdos. Parece ser que en el momento justo de apuntarme, una espada pesada manchada de sangre, cayó certera sobre su mano dejándolo para siempre manco además de cojo. Giré mi cabeza... balbucí unos débiles alaridos... y lo último que vi fue al Señor Hanks, blanco por el esfuerzo, y caído sobre su costado bueno sobresaliendo de la cocina: -Me has salvado la vida, pequeñajo.
Me hallaba en los aposentos del Señor Hanks,
pero esto ya no me estaba prohibido. El mismo Señor Hanks estaba
en la sala frente a la chimenea. La puerta de la sala se abrió y vi al joven y gallardo sobrino Luc entrar. -La purga de comandantes ya ha acabado mi Señor. La Guardia está de nuevo unida y salvada -anunció sin mediar más palabras-. -¿Y Fritz? -se interesó Hanks.- -Estará a buen recaudo, junto a las ratas de los calabozos, hasta que celebremos el Consejo de Guerra -contestó solemne-. Hubo un silencio, Luc avanzó, se fijó en mí, que andaba acabando con los restos de pollo, y se me acercó. Me acarició el cocote y exclamó jubiloso: -¡Vaya, vaya, vaya...! Pero si tenemos aquí a nuestro héroe. Y yo, que estaba tan contento de estar en los aposentos personales del Señor, que tenía mi muslo sanando calentito por la chimenea, que saboreaba un delicioso pollo de corral, y que había recibido el agasajo del mismísimo sobrino Luc; henchido de placer, no pude menos que mover mi rabito.
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