|

Esta noche hace bastante frío y es posible que venga menos gente que nunca... Las carretas ya están
dispuestas en dos filas paralelas, montadas las tarimas, adornadas con flores algunas de ellas. Pronto se
encenderán las luces, con el reconfortante ronroneo de los motores de gasolina, pronto comenzará
a gritarse por los altavoces que la " Feria de los Misterios" ha llegado al pueblo, y todos vendrán
a admirar sus secretos a la explanada.
La luna llena está alta en el cielo salpicado de estrellas. Hoy la función se ha retrasado
unas horas, pero comenzará, sí, como siempre, como todas las noches. No sé, pero creo
que nos quedaremos poco tiempo aquí, mañana estaremos en otro lugar, pero haciendo lo mismo,
es decir, no cambiar nunca; seremos el asombro de niños, la añoranza de los viejos, pero nosotros
siempre haremos lo mismo. Se repite como una canción eterna, como un crepitante disco rayado, a pesar
de que a partir de ahora falten algunas notas...
Siempre estará Hércules, el forzudo, en su caseta rodeada de barrotes que él dobla
y desdobla una y otra vez, como si fueran mantequilla. Hércules, con su taparrabos de gastada piel
de leopardo que asegura que es auténtico, con sus bigotes y su reluciente calva. Ronda ya los sesenta
años, sus músculos de acero comienzan a ablandarse y a formar michelines, pero él sigue
luciéndolos con entusiasmo ante la mirada atónita de niños boquiabiertos, que luego
intentan imitarle.
También estará Mysteria, la hija de aquella gitana de ojos tan negros como su cabello. Sus
trucos de magia son sobrecogedores, y podría jurarse que no tienen truco, que son realmente mágicos.
Estoy convencida de que el polvillo que arroja sobre su pañuelo antes de sacar la paloma, no es harina
ni azúcar sino alguna mística esencia proveniente de la India, o algún otro misterioso
país. Además, nunca saca la misma paloma, porque siempre la echa a volar y se pierde en el
cielo nocturno. Cuando Mysteria acaba su actuación permite a los curiosos que entren en el interior
de su carreta, y sin son generosos, ve su futuro en una bola de cristal, y estoy segura de que acierta.
Al igual que acertó lo que ocurriría este anochecer, pero nadie quisimos creerla, no al menos
racionalmente.
¡ Mirad!, esta es mi carreta. Sí, ya sé que parece un poco triste, tan negra y pequeña
pero mi actuación también es triste, negra y pequeña. Lo cierto es que no me importa,
porque realmente yo no actuó para la gente que viene a verme, y que es muy poca, sino que actuó
para mí misma. Entiendo que en el alegre y cálido ambiente de la feria, haya pocos que prefieran
ver a una delgada mimo vestida de negro y pintada de blanco, alrededor de cuya caseta parece hacer más
frío que en ningún sitio, y haber menos luz, y que se hace llamar: " La sombra de una
sonrisa". Ya sé que es un tanto extraño, peculiar, pero todo aquí lo es. El nombre
se le ocurrió a él, cuando me vio por primera vez.
Enfrente de mi caseta está la suya, la de Hesplant, el hombre de la isla de fuego, pintada de rojo
y amarillo reluciente de antorchas y potentes bombillas. Pero ahora está tan fría y apagada
como la mía.
Hesplant, me ha contado que me encontró una noche, en otro pueblo mirando embobada su actuación
aunque yo no lo recuerdo muy bien. Él con su pelo castaño, sus ojos que cambian de color,
verdes por el día, castaños por la noche y su piel bronceada, el traga-fuegos de la feria.
Siempre fue el mas admirado por el público más que Hércules o Mysteria. Tal vez por
lo peligroso de su espectáculo y lo guapo que era. Dice que cuando acabó su actuación
yo seguía allí sentada en el suelo, con mi ropa negra y el rostro pintado de blanco. Bajó
con un salto de la tarima y se sentó a mi lado, me saludó, y yo le respondí moviendo
mi mano frente a su rostro. Se acercó más a mí.
- ¡Vaya! -dijo tocando mi jersey- estás
empapada en sudor- me puso una mano en la frente- y tienes muchísima
fiebre, y mira esas ojeras, ni siquiera la pintura puede disimularlas.
Me tomó de las manos y pude sentir su cálido tacto en mi. Le miré a los ojos, verdes
y profundos como un bosque, calculé que no tendría más de dieciocho años, como
yo.
- Ven conmigo chica triste -me dijo intentado llevarme a su carreta.
Yo trastabillé y estuve a punto de caer, sino hubiese sido porque él me sostuvo entre sus
brazos. Temblé ante su contacto y deseé apartarme, pero me quede allí, apoyada la cabeza
en su pecho, sintiendo su respiración y los latidos de su corazón. Subimos la escalera de
cuatro peldaños que conducía a su carromato y me tendió con cuidado en una pequeña
cama.
- Estás tiritando.
Hesplant se acercó a mí y trató de quitarme el jersey mojado. Yo me revolví
como pude y me acurruqué en un rincón, temerosa. Él me miró con extrañeza.
- No te lo voy a robar, sólo quiero lavarlo y secarlo.
Entonces como me ha pasado muchas veces, me vi a través de sus ojos. Vi a una muchacha no demasiado
delgada, pero enfermiza, de grandes ojos tristes y lacio cabello castaño hecha un ovillo sobre la
cama. Me quité despacio el jersey y se lo tendí, abrazándome a su cuerpo. Él
se envaró por un momento, pero luego me abrazó con fuerza, acariciándome el cabello.
Se desasió suavemente, tan suavemente que casi no lo noté. Me cubrió los hombros con
una manta raída y me puso un termómetro, en la boca.
- Espero que no lo hagas estallar -yo sonreí- ¡Eh!
¿qué ha sido eso? -volví a sonreír- ¡Sí!
Pasó la mano por mis labios, y yo le besé la punta de los dedos. Se pintó sus labios
con la ceniza y acariciándome mis manos me dijo:
- ¿Ha sido eso la sombra de una sonrisa?.
Fue desde ese momento íntimo y único, cuando empecé a amarle ciegamente. Amaba su rostro,
su pelo, sus ojos, su sonrisa, su voz, su innata alegría y sus malos momentos, su forma de entenderme.
Le amaba. Le amo.
Desperté a la mañana siguiente, vapuleada por el traqueteo de la carreta en movimiento. Miré
a mi alrededor, no recordaba dónde estaba. Poco a poco fui recordando algunos detalles: fotos, la
ropa de Hesplant, la pequeña cama de la carreta. Escuché fuera la seductora voz de Hesplant,
bromeando con Salviati, un simpático enano que dice venir de Italia, y que, disfrazado de payaso,
hace bromas a los visitantes.
A mi lado y perfectamente doblado y seco se encontraba mi jersey. Me lo puse, y quitándome la manta
con la que había estado arropada, me senté en la cama y reflejándome en un espejo,
vi con horror que me habían lavado la cara. Sintiéndome como una ladrona descubierta, busqué
entre las cosas de Hesplant y encontré un bote de polvos de talco. Cuando terminé de pintarme,
entró Hesplant.
- ¡Vaya!, ¿has vuelto a pintarte?, lo siento yo te lavé.
Me sentí muy mal por infundir en él esa sensación de culpa. Sonreí a modo a
modo de disculpa. Me acerqué a él y temerosa, le besé en la mejilla, dejando allí
una mancha blanca.
- Mira lo que has hecho -me reprochó riendo.
Yo tomé un pañuelo para limpiarle, pero el pañuelo llegó a un punto en el aire,
en que no quiso moverse, o al menos eso hice que pareciese, ya que fingía empujarlo con todas mis
fuerzas sin moverlo un ápice. Hesplant rió musicalmente y aplaudió mi actuación
de mímica. Me rodeó con sus brazos.
- Tienes algo que obliga a quererte -dijo sonriendo- Tal
vez sea ese aspecto de chica triste.
Dibujé con mis dedos lágrimas que caían por mi rostro. Él rió alegremente.
- Dime, muchacha, ¿cómo te llamas?.
Yo me di media la vuelta. No, no podía decirlo, ni siquiera a él. Comprensivo, me puso una
mano en el hombro.
- Lo entiendo, todos tenemos algo dentro de nosotros, que no queremos que salga fuera.
Vi en sus ojos entendimiento y sabiduría y le abracé nuevamente. Era la primera persona que
me comprendía. Después, el resto de la gente de la feria, también lo hizo, ya que,
por una u otra razón, todos eran renegados o solitarios, como yo, pero con él, no sé
era diferente.
Esa noche llegamos a una pequeña ciudad, siguiendo línea de la costa. Había un amplio
paseo marítimo y allí instalamos las carretas, situadas, como siempre, en dos filas. Aparecieron
algunos curiosos para ver cómo montábamos las tarimas de los carromatos.
Una niña pequeña, de ensortijados cabellos rubios, se acercó a la carreta de Hesplant,
donde él y yo preparábamos sus antorchas. Ella se quedó embelesada mirando al muchacho
y dijo con fina voz:
- Hola Hesplant.
- Es Sara, me conoce porque todos los años venimos aquí -me explico él.
Entonces Sara me miró. Me sentí un poco incómoda por su inquisitiva mirada, pero la
inocencia de sus ojos azules me animó ha acercarme a ella.
- Hola -me saludó temblorosa- ¿quién
eres?.
Yo miré alrededor, desconcertada. Vi que la sombra de Hesplant que colocaba una bombilla en la carreta
se interponía entre nosotras, dibujando su figura. La señalé.
- ¿Eres la sombra de Hesplant? -pregunto divertida.
Me quedé un instante pensando. Nadie me podría definir de un modo más exacto. Agite
la cabeza afirmativamente, complacida. Hice a la niña un gesto para que esperase y entré en
el carromato. Cogí uno de los rojos pañuelos de Hesplant y se lo ofrecí a la pequeña.
Ella fue a cogerlo, pero yo lo aparté repentinamente. Comencé a elevarlo despacio. Sara me
miró extrañada. Lo elevé hasta que tuve que ponerme en pie y seguí subiéndolo
como si tirase de mí hacia el cielo. Extendí una mano hacia Sara, y ella divertida la agarró
y comenzó a tirar de mí hacia abajo. Resoplé sonoramente, fingiendo estar exhausta,
y le entregué el pañuelo a Sara. Los ojos de la niña se iluminaron de alegría.
- Gracias -exclamó.
Yo le hice un gesto señalando a Hesplant y llevándome el índice a los labios.
- Tranquila, no se lo diré -prometió.
- ¡Sara! -dijo una voz.
Era una pareja, los padres de la niña, que me miraban con desconfianza. Sara me abrazó rápido
y corrió hacia ellos, agitando el pañuelo entusiasmada.
Esa noche cuando Hesplant acabó su espectáculo, me sentí impulsada a subirme a la tarima.
Pocos se quedaron a verme, pero los que lo hicieron, entre ellos Hesplant y Mysteria, no pudieron contener
las lágrimas, emocionados por la pureza de los sentimientos que representé.
Cuando todos se fueron, me senté en el entarimado feliz y satisfecha. Hesplant se sentó junto
a mí y me pasó un brazo por los hombros. Me besó intensamente, pintando sus labios
con la ceniza que cubría los míos.
- La sombra de una sonrisa -dijo feliz, mirándome a los ojos.
Mysteria se acercó a nosotros y puso sus oscuras manos sobre las mías mientras me miraba a
los ojos largamente.
- Que los dioses te bendigan -dijo- por tus sentimientos
y emociones -tomó una mano de Hesplant y la unió con la mía- y
que bendigan esta unión -añadió.
A la semana siguiente, Hesplant me cubrió los ojos con sus manos y acercando sus labios a mi oído
susurro:
- Tenemos una sorpresa para ti, chica triste.
Caminamos unos cuantos metros. Entonces Hesplant apartó sus manos. Frente a mí estaban todos
los integrantes de la feria, mirándome sonrientes. Y tras ellos, una pequeña carreta negra,
con una tarima.
- La hemos hecho entre Salviati y yo -se jactó Hércules sacando
pecho.
Les hice una reverencia, emocionada y todos aplaudieron. Esa noche actué en mi propio escenario,
frente a la caseta de Hesplant. Dos días mas tarde, dejamos el pueblo y llegamos a la pequeña
ciudad en la que estamos ahora. En cuanto vimos que el sol comenzaba a ocultarse, ofreciéndonos el
amparo de la noche, empezamos a hacer los últimos preparativos para la función.
Un frío viento se levantó agitando los toldos de las carretas. Mysteria se situó entre
todos nosotros, y en tono lúgubre auguró:
- He visto en la bola de cristal que estos vientos traen malos presagios.
Todos se quejaron de su mal agüero, y la hicieron el signo del mal de ojo, incluso Hesplant.
Yo me retiré incrédula, pero algo me decía que la gitana tenía razón.
Cuando anocheció llegaron ellos, armados con palos y escopetas. Algunos embravecidos
por el alcohol, la emprendieron a golpes con el pobre Salviati, que se refugió entre las piernas
de Hércules.
- La queremos a ella, a la mimo -gritó uno, señalándome.
Hesplant se acercó mi, me abrazó protector, blandiendo una de sus antorchas
apagadas. El hombre que había gritado, avanzó unos pasos. Bajo la agonizante luz del sol le
puede reconocer. Era el padre de Sara.
- ¿Qué quiere? -le espetó Hesplant interponiéndose.
- Ella mató a mi hija -gritó el hombre, apuntándonos con
su fusil- No sé qué maldita enfermedad la contagió pero está
muerta -Hesplant pareció leer mis pensamientos.
- Si algo le contagió fue la alegría, algo que tú no le ofrecías,
¡Vete! -contestó el traga-fuegos.
- No -respondió- no me he pasado una semana siguiendoos
para irme. No me iré hasta que ella esté muerta.
Yo di un paso atrás y comencé a temblar, aferrándome a Hesplant. Entonces sonó
el estallido y quedé cegada momentáneamente. Un peso se abalanzo sobre mí y caí
al suelo. Hesplant estaba entre mis brazos. Su pecho sangraba, roto por la escopeta. Me miraba con los ojos
desenfocados, respirando con dificultad. Las lágrimas empañaron mi vista.
Comenzaron a oírse sirenas y los hombres huyeron. Hesplant me acarició Me agaché sobre
él y rozando su cara con mis dedos le besé. Sus labios se mancharon de ceniza por última
vez. Él esbozó una sonrisa.
- ¿Ha sido eso la sombra de una sonrisa? -le dije- te
quiero.
Fue la única vez en que alguien escuchó mi voz. Entonces Hesplant, murió entre mis
brazos...
Esta noche una lágrima roja adorna mi blanco rostro.
Esta noche hace bastante frío, y es posible que hoy venga menos gente que nunca...

Lythene |