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12 Febrero de 1982. Aldea costera de Goskha Istar ‘Referencia a mi viaje por Irilëidhen*’ A través del cristal de mi ventana contemplo el cielo... Durante mi viaje a las tierras del norte he podido ver las mismas estrellas, que desde lo alto me sonríen y me acarician con su cálida llama. No se encontraban en la misma posición, pero al menos estaban allí, alentándome. Tal vez por mi destino, tal vez por mi propia voluntad y mi deseo de aventura, pero el caso es que me vi impulsada a emprender aquel viaje. No sabía qué me esperaría con cada puesta de sol, ni el lugar al que me conduciría cada paso, pero eso no pareció importarme. Al principio, pensé que me dirigía de vuelta a mi ciudad natal, a la ya desolada Imerald, pero me equivocaba. Marchaba sin rumbo con una sensación extraña, mezcla del pesar de mi soledad y la satisfacción de aquél que sabe le aguarda un destino en alguna parte del mundo. Me abrumaban los vientos helados al rozarme el rostro y la delirante sensación de paz que precede a una gran aventura... No recuerdo cuanto tiempo vagué por los hielos perpetuos. El clima, inhóspito y tan helado como la misma tierra, no acompañaba mi viaje. Me pregunto como no llegué a desfallecer... Quizá, el hecho de haberme criado en un mundo de cristal como aquél me había preparado para ello. Guiada bajo la blanca luz de la luna, pensaba que era el único ser vivo en aquella tierra que se extendía yerma y solitaria durante miles de kilómetros. Poco tiempo después, mis sentidos detectaron la presencia de otros seres. Inconscientemente me eché al suelo y traté de distinguir la procedencia de los sonidos guturales que oía. Enseguida descarté la posibilidad de que se tratase de animales, pues aquellos murmullos se asemejaban bastante al lenguaje que poseemos los seres más complejos. Me incorporé lentamente tras unas rocas, y mis agudos ojos élficos los vieron en la oscuridad. Cinco trolls –no puedo asegurar que lo fueran, pero al menos compartían bastantes características comunes a esta raza- danzaban y gritaban de una manera muy extraña a la entrada de una caverna. Asomé más la cabeza para observarlos. Medirían unos dos metros de altura, más o menos, y una abundante mata de pelo blanco les cubría la piel. Sus caras grotescas me inspiraron un profundo temor, pero logré mantener la calma, y seguí con la mirada todos sus movimientos. Ellos no notaron mi presencia, y se dedicaron por completo a su extraña tarea. Al cabo de un tiempo comprendí que su danza y su llanto iban dirigidos a la luna llena, que les dedicaba una irónica sonrisa por sus toscos movimientos. Pasé varias horas ensimismada en la contemplación de aquél ritual troll. Pensé en marcharme de allí, pero algo me retenía. No caí en la cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta más tarde, cuando todo el suelo brilló de una manera especial. Las lágrimas de los trolls se congelaban nada más salir de la fisura de sus ojos y caían al suelo. Algunas estallaban en mil pedazos de plata cuando tocaban la dura superficie de hielo, pero otras lograban aguantar y rebotaban, produciendo un sonido parecido a las notas de un arpa. Era una espléndida melodía. Las lágrimas congeladas adquirían colores diferentes, que iban desde un leve irisado hasta un plata profundo. Tal vez las gemas almacenaran en su interior la luz de la luna gris, pues de ella parecían surgir las extrañas tonalidades. Cuando el sol se dejó vislumbrar levemente tras la línea del horizonte, los trolls interrumpieron su llanto y se adentraron en la oscura caverna. A pesar del temor que me inspiraban, me acerqué hasta el lugar donde minutos antes habían estado y donde yacían los hermosos cristales. Revolví con mis manos el suelo cubierto de escarcha plateada, contemplándola expectante. Pero cuando los primeros rayos del sol alcanzaron a las piedras, muchas de ellas, las que poseían un color más débil, fueron derritiéndose. En mis manos apenas sobrevivieron varias gemas al mortífero calor del sol y sin dudarlo las guardé en mi mochila. Después, me alejé corriendo de aquél lugar, con mis pensamientos puestos en el espectáculo que acababa de ver ante mí. No pasó mucho tiempo antes de que llegara a una pequeña aldea. Sus habitantes, que al parecer nunca habían recibido a extranjeros, salieron asustados de sus casas. Tras inspeccionarme y darse cuenta de que no era tan diferente a ellos, perdieron poco a poco el miedo para remplazarlo por una extrema curiosidad. Eran humanos de tez pálida, pero de mejillas sonrosadas y ojos brillantes. Se llamaban a sí mismos ‘Thuruks*’, que en nuestro idioma vendría a significar ‘seres humanos’; no me llevó mucho trabajo aprender su sencillo lenguaje durante los meses que pasé allí. Me acogieron en sus casas, e incluso algunos de ellos llegaron a pensar que era una especie de divinidad surgida del cielo. Tenían unas costumbres muy raras, nada parecidas al resto de pueblos que conozco. Excavaban en la tierra y construían enormes estancias subterráneas que les permitían aislarse del frío. Comían carne cruda acompañada por un liquen de color verde topacio; al principio no sabía de dónde sacaban la carne, pues no vi ningún animal en la superficie, pero más tarde descubrí que procedía de unos seres parecidos a topos que vivían en las cavidades de la tierra. La mayor parte de la gente pasaba casi todo el tiempo durmiendo en sus casas subterráneas, que no poseían ninguna luz. Algunos de ellos, sin embargo, estaban íntegramente dedicados a la oración. Según pude comprender más adelante, eran una especie de sacerdotes que rezaban a sus dioses bárbaros. Iban adornados con piedras preciosas de todo tipo, a las que no daban mucho valor – eran muy abundantes en esas tierras- , y llevaban unos tatuajes de color oscuro, que contrastaban con su pálida piel. Pero lo que más me llamó la atención de estos sacerdotes, a los que llamaban ‘Guroks’, es que llevaban largos medallones hechos de lágrimas de troll; al parecer, ellos también conocían la existencia de esas gemas. Por las noches todo el pueblo se reunía y salían a la superficie. Allí, vestían pieles de animales, se untaban aceites por todo el cuerpo y se llevaba a cabo un lento ritual. Cuando logré comprender del todo su idioma, me contaron el motivo de esta celebración. Según la tradición, cada ciertos años aparecía un lobo blanco por los alrededores de la aldea, una enorme bestia divina que danzaba bajo la luna llena y devoraba todo a su paso. Este pueblo creía que con su ritual y sus oraciones lograrían obtener la protección de sus dioses bárbaros, y así evitar los ataques del gran lobo. También decían que la única manera de matar a la bestia era con una lanza echa de la propia luna, y que aquél que le venciera y se cubriera el cuerpo con sus blancas pieles obtendría un gran poder. Parecía absurdo, y al principio no creí nada de lo que decía la leyenda. Pero unos días después comprendí que debía haber tomado más en serio a aquellas gentes. Mientras dormía, acurrucada junto a un montón de musgo subterráneo, oí un aullido. Me vestí con el abrigo de piel de lobo con el que salía cada noche para ver el ritual y decidí ir a echar un vistazo al exterior. Sin hacer ruido logré llegar a la salida de una de las cuevas. De repente, mis piernas comenzaron a temblar y caí de rodillas, pues no podía creerme lo que tenía ante mis ojos. Allí estaba el lobo, mirándome fijamente con sus ojos rasgados. Sus fauces estaban abiertas, quizá para que pudiese ver perfectamente sus descomunales mandíbulas. Se deslizó despacio hacia mí, y pronto percibí un fuerte hedor a muerte. Un grito asomó en mi garganta, pero acabó por ahogarse antes de salir al exterior. Distinguí locura y satisfacción en la cara del lobo. Realmente era enorme. Se acercó más a mí, de manera que sentí como me rozaba con sus bigotes mientras daba vueltas a mi alrededor. ¿Qué pretendía? Cerré los ojos... y grité. Aquella situación me parecía haberla vivido ya antes, pero no consigo recordarla en estos momentos. Ni siquiera se me pasó por la cabeza hacer uso de mis poderes mágicos, aunque pongo en duda que hubieran funcionado contra mi rival, dada la condición divina de éste. Aún ahora siento escalofríos al recordar este encuentro... Me temo he de dejar de escribir por hoy, pues otras cosas requieren mi atención. Al parecer la joven Margit- la esposa del guardabosques- dará a luz en poco tiempo, y necesita de alguien que la asista. No tengo mucha experiencia en estas cosas... pero dado que se avecina una fuerte tormenta de arena, no creo que otras mujeres puedan llegar hasta allí antes de que el acceso se haga imposible. Continuaré mi relato mañana. 15 Febrero de 1982. Aldea costera de Goskha Istar. Es una niña preciosa, de ojos color caoba, como su madre. Por suerte, otras mujeres han conseguido también acudir en ayuda de Margit, y todo se desarrolló sin la mayor complicación. Viendo que la salud de madre e hija no corría ningún peligro, y una vez terminada la tormenta, decidí regresar a mi habitación en la posada y seguir escribiendo. Siguiendo por donde me había quedado, aquel lobo no parecía tener la intención de atacarme. Se limitaba a contemplarme con furia y a farfullar algunas exclamaciones de odio. Parecía que algo en mí lo ahuyentaba. Enseguida llegaron todos los habitantes, guiados por mi grito, y todos enmudecieron al ver al animal. Éste, tras notar la presencia de los oradores y tras oír los cánticos que se elevaban al cielo, se marchó de allí corriendo. Pasé varios días en cama tiritando y delirando en sueños... Era la primera vez que había sentido el miedo tan arraigado en mi piel, y no iba a ser fácil superarlo. Cuando me recuperé decidí ir a hablar con el gobernador de aquellas tierras. Le advertí del terrible peligro que corría su pueblo con semejante bestia suelta, y le indiqué las medidas que creía necesarias para que terminasen con ella. Él me miró seriamente, y negó todas mis sugerencias con un leve gesto de cabeza. Me respondió que todo aquello no serviría para nada, pues ya lo habían intentado antes, y no habían obtenido un resultado satisfactorio. Hizo mucho hincapié en recordarme la profecía, pues parecía que la única manera de matar al gran lobo era con una lanza echa de luna llena. Por muy absurdo que pareciese, debería tener su lógica. La respuesta la hallé dos días más tarde, mientras jugueteaba con una lágrima de troll que llevaba atada al cuello a modo de colgante. Recordé de momento el ritual troll que había contemplado, y su extraña relación con la luna llena. Quizá, la lanza debía estar echa de aquél material. Aquella idea se asemejaba bastante a la profecía, y sería del todo razonable de no ser por las características del material. Era una piedra frágil y delicada, que de ninguna manera aguantaría una embestida contra una bestia de tales dimensiones. Además, el forjarla representaría un gran problema, pues no podría soportar los golpes del herrero. Y por último, ¿de dónde sacaríamos una cantidad de lágrimas de troll suficiente como para construir una lanza tan grande? . Todo parecían inconvenientes, pero yo estaba convencida de que íbamos por el buen camino. Cuando al fin reunimos una gran cantidad de piedras cristalinas, amontonadas unas encima de otras con delicadeza, nos quedamos mirando unos a otros. No sabíamos que hacer a continuación. Se propusieron todo tipo de ideas, pero ninguna nos parecía demasiado buena. En concreto, yo creí que la mejor opción sería probar a fundir las gemas y verter el líquido en un molde, para forjar la lanza. Pero no dio resultado, pues al calentarlas se convertían en agua y después se evaporaban. Así que desistimos. No sabíamos como hacer una lanza completa de ese material. Desesperados, todos andábamos de un lado para otro sin saber que hacer. Tan ensimismados en nosotros mismos estábamos, que no oímos la brillante propuesta de un niño pequeño hasta que éste alzó la voz de nuevo para repetirla. Tal vez no hacía falta que la lanza estuviera echa por completo de lágrimas de troll, según el niño –que parecía llamarse Birian- podíamos engarzar una vara de algún material como la plata a una punta afilada de lágrima de troll. Nos pareció una buena idea, y la llevamos a cabo. Los mejores herreros de la tribu se pusieron manos a la obra, y en pocos días quedó terminada. No era una gran obra de arte, pero al menos parecía consistente. Nuestra desesperación llegó al probar la efectividad de la lanza, pues en cuanto la lanzamos y alcanzó su objetivo la piedra de cristal estalló en mil pedazos. Hicimos decenas de lanzas, intentando que cada una de ellas mejorase a su precedente, pero todas corrieron la misma suerte que la primera. Poco a poco, nos desilusionamos y acabamos con la idea de matar al lobo. Fue unos días después cuando tuvo lugar el gran acontecimiento. Birian y otros niños jugaban a la entrada de la cueva, simulando ser guerreros que se batían entre sí. Birian blandía en el aire una lanza inapropiada para su tamaño, que poseía una punta afilada de cristal. Yo los contemplaba mientras remendaba mi vieja capa de viaje y canturreaba una canción sureña –a las que son muy aficionados los marinos y piratas, sobretodo cuando la melodía se acompaña con el tintineo de las jarras de cerveza. Nadie se percató de la aparición del lobo hasta que éste ya se encontraba casi a la altura de los niños que jugaban. No tuve tiempo de reaccionar hasta que fue demasiado tarde. Mis manos se extendían a la par que mi mente trabajaba en un hechizo, pero no fui lo suficientemente rápida para lo que tuvo lugar allí. Todos los niños se echaron al suelo atemorizados, todos menos Birian. El chico se había tomado muy en serio toda la historia acerca del lobo, y sin pensárselo dos veces arremetió contra la bestia sosteniendo en sus manos la frágil lanza. De entre las paredes de la caverna se oyeron los gritos desgarrados de la madre de Birian, pues sintió próxima la muerte de su hijo. Mi mente, coaccionada por el miedo, quedó paralizada al igual que el hechizo que estaba realizando. Aún si lo hubiera formulado, ya era demasiado tarde. El niño, de mejillas sonrosadas y de ojillos vivos, intentó lanzar su arma contra el lobo. Por primera vez desde que lo viera, vi temor en la mirada de la bestia. Un temor intenso, que hizo tensar los músculos de las facciones de su cara peluda y que le produjo un extraño temblor. Pero el lobo supo reaccionar y esquivó la lanza con un salto hacia delante, lo suficiente para alcanzar al niño y destrozarlo con sus garras. No recuerdo que pasó a continuación, pues cerré los ojos con repugnancia ante lo que acababa de ver. Según me contaron más tarde, durante aquél breve período de tiempo la madre del niño recogió la lanza que estaba en el suelo y se abalanzó sobre el lobo, que todavía descuartizaba el cuerpo inerte del pequeño. Aún con los ojos cerrados, distinguí un agudo chillido de angustia que se prolongó durante varios segundos. Cuando abrí los ojos, y todavía con el corazón palpitante, me encontré con una desagradable perspectiva. El lobo yacía sobre la nieve, tiñéndola de rojo con la sangre que salía espesa de su garganta. Al parecer, la madre dirigió la lanza a las fauces abiertas de la bestia y la hundió en la garganta. La punta de cristal, en vez de romperse, había penetrado con facilidad en la carne del animal, cubierta por un aura azulada que evitó se rompiera. El animal se contorsionaba presa de un dolor descomunal, sabedor de que su muerte se acercaba. Agotando sus últimas fuerzas, se arrojó sobre la mujer indefensa que permanecía arrodillada junto a él, y de un zarpazo le destrozó el vientre, dejando al descubierto un enjambre de vísceras y sangre. Fue entonces cuando me desmayé, presa de las náuseas. Desperté sobresaltada. Me encontraba en mi lecho de musgo subterráneo, y me costaba respirar. En aquél momento pensé que todo aquello no había sido sino una pesadilla, y ojalá lo hubiera sido realmente. No encontré a nadie por los oscuros pasadizos, y me dirigí al exterior. Tampoco allí había nadie. Regresé, y pude distinguir la voz sonora del jefe que procedía de una de las salas. Sin dudarlo, atravesé el corredor y llegué hasta una inmensa sala cubierta por una bóveda y paredes de piedra, algo inusual en las construcciones de aquel pueblo. Toda la tribu se había congregado allí. Abrí mucho los ojos cuando vislumbré la enorme silueta de la bestia-lobo. Me apresuré a llegar al lugar, y como todos los presentes, contemplé un ritual que no había visto nunca antes. El jefe de la tribu alzó un cuchillo en el aire, y mientras elevaba una plegaria a los dioses comenzó a cortar la piel del lobo. Cuando terminó, todo el pueblo estalló en gritos de júbilo. La gran bestia había sido aniquilada, pero al parecer nadie recordaba que para ello habían muerto dos personas. Unas semanas más tarde, me preparaba para el viaje de vuelta. Las fuertes tormentas que amenazan aquellas regiones durante el invierno parecían amainar, y otros asuntos requerían mi presencia en el este. Me despedí de cada una de las personas que habían compartido mi vida durante aquellos dos meses y medio que permanecí allí. Por último, creí conveniente visitar al gobernador de aquellas gentes. Ahora aparecía siempre cubierto por una capa echa con la piel del lobo, y su aspecto era espeluznante. La huella que el lobo había dejado en mi alma era bastante reciente como para borrar la sensación de miedo que me producía contemplar sus restos. Aquel hombre había recibido una gran fuerza interior, que le permitía infundir el miedo en todos los corazones, incluso los más fuertes, y someterlos a su voluntad; éste era el poder que mencionaba la profecía. En ese momento odié al gobernador. Con aquella capa conseguiría dominar a todos los Thuruks, y el miedo reinaría sobre todos ellos. Además ese poder no le pertenecía, pues él no había matado al gran lobo. Decidí volver a visitarle por la noche, para poder llevar a cabo lo que había estado planeando. Una vez en su habitación, me acerqué a su lecho y con delicadeza doblé la capa de piel de lobo que se encontraba junto a él y me la llevé bajo el brazo. Después, sin decir nada a nadie, salí del pueblo de los Thuruks para adentrarme de nuevo en la aridez de las tierras que me rodeaban. Arrojé mi vieja capa remendada al suelo y me abroché la de piel blanca del lobo, con la que pasé inadvertida sobre un suelo cubierto por completo de nieve. Y durante mi viaje de regreso nadie osó molestarme... Sólo decir que mi viaje por las tierras árticas concluyó con mi llegada a un pueblo costero del este, llamado Goskha Istar, lugar en el que actualmente redacto mi diario. Dada la imposibilidad de escribir durante mi viaje, la fecha del presente relato se corresponde con mi llegada al pueblo de Goskha Istar, y no con los hechos que narro. He intentado ordenar mis pensamientos de la manera más correcta posible, evitando olvidar datos importantes que hiciesen menos comprensible mi historia. Aún así, ruego al posible lector sepa perdonar la omisión de pequeños detalles que pueda haber omitido, pero ha transcurrido bastante tiempo desde que acontecieron los hechos. De mi relato, tan sólo comentar que logré rescatar algunas de las lágrimas de troll, que aún guardo en mis bolsillos y puedo enseñar a cualquier curioso que se precie; las que he bautizado con el nombre de Piedra Luna. En cuanto a la capa de piel del lobo, aún la conservo, guardada en mi mochila, pero no quiero volver a hacer uso del poder que otorgan para atemorizar a las gentes del lugar . De esta manera pongo fin al relato de mi viaje por las tierras de Irilëidhen. *Irilëidhen: Dudo que algún otro viajero haya logrado encontrar las tierras de las que hablo antes que yo. Es por ello que no han recibido aún ningún nombre ni ubicación en los mapas. Para poder mencionar esta región en mi relato, creí necesario otorgarle un nombre, y éste me pareció el adecuado. La palabra compuesta procede del lenguaje de los Thuruks, y significa ‘Tierra de Lobos’. *Cada una de las palabras referidas al idioma de los Thuruks no tienen translación en la escritura, por lo tanto he tratado de reflejar la pronunciación de dichas palabras. Se despide, atentamente: Idril Celebrindal ‘Que los vientos del norte os guíen por la
senda de las estrellas’. |