Cuentan algunas historias de hace tanto que sólo mis sueños saben cuándo, sueños que son en mí momentos de fantasías que para no frustrarse los rapta el sueño y adquieren vida propia en la imaginación.

Las estrellas esperan ansiosas el momento en que el brillo de la luna es arrebatado por las sombras terrenales. Comienzan en ese momento estrellas que se tornan sirena nadando en un mar donde las mareas cubren a la luna, las estrellas lucen de un modo tan especial que el cielo se siente pertenecer a la tierra y con ello sentir lo que las aguas marinas al acariciar la piel de las sirenas. Sirenas que sonríen al sol porque saben que en ese momento son más poderosas que él, lo debilitan y tiñen a la luna de rojo.

Desarraigado arrebato de poder y las criaturas de la noche se callan, saben que su noche no es noche, es el tributo a la oscuridad.

La luna ahora confía su resurgimiento al mundo de las luces a un solo testigo pequeño pero con la llave del poder, poco a poco se va tornando más grande, las sirenas se adormecen y en sus sueños ahora soñaron que fueron una vez estrellas, estrellas que de nuevo se encuentran en el reino de la luna. Sueños que no son historias sino fantasías en la mente...

Con la madrugada y la luna llena en un cielo que a ratos quería nublarse, las estrellas se resistían a perder la oportunidad de lucir la luz de la luna por unos momentos en que la tierra se interponía entre ella y el sol. En ese instante las estrellas pasarían a ser las herederas de la gran luz lunar, herederas por horas, lo suficiente para saber que la eternidad se deja entrever en esos momentos.

El viento que en las horas previas traía y llevaba nubes, al mismo son que nuestras ilusiones se abrumaban por la posibilidad qeu nublaran el cielo que nos ofrecía ese espectáculo, dignos de los amantes de la noche, de los bohemios que no temen a la soledad porque no temen encontrarse a si mismos, de los artistas románticos que sienten que se les eleva el alma ante dichos fenómenos, de hechiceros y rituales.

Se calma el viento y nos vemos hipnotizados por la mella que la sombra terrenal hace en la luna, de luna llena a cuarto creciente y menguante, mientras que una reflexión llega a nuestras mentes captadas totalmente por un ciclo perfecto, el tiempo, pudimos sentir la verdadera magnitud del pasar del tiempo. La rapidez de los instantes que nos llevaban a momentos de reflexiones hermosas, momentos que nos llevaron a horas donde nuestras miradas no se cruzaron nunca pero jamás estuvieron más juntas, acompañadas en esa luna que nos seducía olvidando realmente la proximidad de nosotros mismos.

De pronto cuando ya casi se cubre, una lucecita se resiste a quedarse en la penumbra, quizás único testigo de que la luna es la dueña de la luz, reina de nuestras mareas... Se torna roja, casi parecía teñida de dolor, desolación por haberle arrancado la luz y fue tornándose marrón, pero el testigo que se negó a la oscuridad, ahora parecía custodiar su dolor, cuidando, acariciando y mimando, prometiendo que de nuevo la luz llegará a ella, y la coronará reina de la madrugada. Con ese silencio y esa calma nos olvidamos de la compañía terrenal, el silencio imperaba en el universo en ese instante.

Volvimos a casa sin hablar, prometiendo volver al próximo eclipse, existirían otras citas mientras tanto, pero el próximo eclipse debía ya de formar parte del futuro, volver a presenciar cómo los ciclos de la vida se unían en uno solo, a mi me llevó a reflexionar sobre formar parte de un todo, ser todo y nada.

 

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Loli