Lleva toda la noche trabajando. Sus huesudas manos pulen, esculpen, moldean la piedra con un ansia desesperada. Presas de los temblores de la edad, esas ancianas manos no pierden su genialidad. Cada una trabajan guiadas por un instinto superior y dominante, que las lleva a acariciar el frío material en un ademán creador. Porque esas manos pertenecen a un cuerpo y ese cuerpo a una mente, una mente que va mas allá del concepto de artista. No es un escultor cualquiera, que da forma a un canto. Él es El Escultor, aquel que otorga una vida a sus figuras, que hace del inanimado elemento los vástagos de sus ideas. De sus magistrales dedos han visto la luz ninfas, arpías, leones, representaciones divinas, gatos, y otras criaturas, todas capturadas en un instante de vida, anhelantes de su bocanada de aire.

Durante toda su vida ha consagrado su tiempo al misterioso material. No ha tenido ojos para nada mas que para sus múltiples posibilidades, sus formas sinuosas y pulidas o sus dañinas esquirlas. Lo ha amado, lo ha besado, ha sido parte de sus sueños y de sus ansias. Ha sufrido mil veces por él, la ha admirado mil mas. En muchas ocasiones, cuando aun sus piernas le permitían hacer largos caminos, ha andado kilómetros sólo para ver las magníficas formas de los acantilados o se ha maravillado ante la pulcritud de las rocas en lechos secos. Poco después ha pasado todo el tiempo en su taller. Ha aprendido a dominar la roca bajo su amorosa mano, y la ha moldeado hasta la saciedad, mientras el tiempo se escurre entre sus dedos. No ha amado a ninguna mujer (ni hombre), su corazón ha estado lleno de mármol, y como frío mármol se ha tornado.

Pero la piedra sola no le basta. Él ha buscado siempre la perfección, y lo ha hecho en la piedra. Piensa que su forma es siempre divina, pero sólo una imperfección esquirla su imagen. Esa falta de vida, ese aliento inexistente es su obsesión. Fabricaba imágenes estáticas, pero ruega y desea con todas sus fuerzas que las mismas figuras acaben la acción planteada por él. Pero, por supuesto, no lo ha conseguido.

Pero esta vez cree que será diferente. Ha puesto su alma en cada una de las líneas, sus anhelos, sus pensamientos de genio bohemio. Se trata de su herencia. Esta será su obra cumbre, la última de todas, y trabaja ya saboreando el cercano triunfo. Ha moldeado la muchacha en mármol de tierno color rosado. La ha hecho sencilla y dulce, pero también es inteligente, por eso le ha dado un libro, para que lea. Y también por eso él le ha dado rasgos griegos. Además, la ha hecho hermosa. La ha concebido sentada, con el cabello recogido.

No se trata de su amante deseado, no tiene los labios carnosos ni sensuales, ni la mirada seductora. Es su hija, la hija de su espíritu, mas allá de la sangre y la carne. Es La Hija de La Piedra. Y pronto estará terminada.

Viendo su obra llegada a término, espera el momento que ha soñado. Cree que alguno de sus dioses se apiadará del pobre Escultor. Cree que algún milagro divino concederá a la joven inanimada vida, cree que levantará la vista y le llamará padre, cree que sus ojos serán castaños y de mirada tierna. Cree que haber esquivado la muerte hasta ese momento le permitirá ver su deseos cumplidos, que el aclamante dolor del pecho sucumbirá cuando vea moverse a su hija. Ha trabajado durante todos estos meses por ese instante, y ese deseo ha convivido con la secreta desesperación de tener la certeza de que es un sueño... pero ¿y si sucediese?

Iluso.

Es entonces cuando comprende la pérdida que ha significado su existencia. Es entonces cuando comprende que resistirse a lo inevitable es inútil. Ni la estatua cobrará vida, ni él la conservará. Se abandona al cansancio apremiante, que lo abraza en una nube de bellas ilusiones y lo arrastra a donde ya no volverá a despertar. Desea volver a nacer para amar a alguna mujer bonita, y si vuelve a ver un lecho seco, se lamentará por la falta de agua, y dirá que es una pena. Apoya la cabeza sobre el regazo de su hija inventada. Está tan fría...

Entre nieblas del último sueño, ha oído un susurro, como piedra al fregarse. Una mano helada se posa sobre sus blanquecinos cabellos y sus ojos cansados no se molestan en abrirse. Entonces, se deja acunar por su niña, que le canta una canción, la canción del viento al sacudir los árboles que una vez estuvieron delante de la cantera de mármol y la del arroyo que una vez le trajo aquel pedazo de piedra rosada.

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Narfina