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En la aurora del quinto día de espera, los corazones de
los que miraban absortos al horizonte estaban llenos de una oscura congoja y
en sus espíritus habitaba la incertidumbre.
-Si
dentro de siete días no me veis regresar por el camino del Este con la
cabeza del dragón clavada en mi pica, debéis de abandonar los muros del
castillo, porque será la señal de que hemos fracasado en nuestra empresa y
todos: mujeres, niños, ancianos y caballeros, correréis el mayor de los
peligros.
Así les habló en la mañana de la partida Atlombard "El de los Brazos
Invencibles" acompañado de nueve aguerridos y valerosos soldados de su
Guardia.
Ninfadel acompañaba cada mañana a su abuelo a las almenas del muro para
contemplar el amanecer y quizás, así lo deseaban, ver al valiente Rey
Atlombard regresar con la cabeza del dragón como trofeo.
Ninfadel era ciertamente muy hermosa. Sus miembros eran flexibles como
juncos y su pelo era como las olas rompiendo en el acantilado, pero había
sido privada desde su nacimiento del don de la palabra.
Ninfadel hablaba, pero hablaba con sus ojos. Sin articular palabra todo lo
decía con su mirada: el desconsuelo y la alegría, la ira y la templanza, la
serenidad y la pasión. Sucedía que todos procuraban no revelarle nada
oculto, porque tal era la expresión de sus ojos, se decía, que hasta podía
contar secretos y cosas nuevas a quien no las sabía. Y si Ninfadel quería
permanecer en silencio no tenía más que entrecerrar sus ojos y así los demás
sabían que Ninfadel "estaba callada":
-¡Ninfadel, Ninfadel! ¡Abuelo Mithas! -surgió,
oportuna como siempre, la pequeñita figura de Loeba, subiendo las escaleras
de tres en tres escalones.
Ninfadel miró a su abuelo.
-Sí. Me temo que hoy van a decidir - contestó
Mithas a la mirada de su nieta.
Loeba, jadeante y nerviosa, saltó hasta el último peldaño y sin descansar
les habló precipitada:
-¡Abuelo Mithas...! ¡Ninfadel...! ¡Celebrarán
Consejo...! ¡Los Capitanes...! ¡Celebrarán Consejo...!
Un murmullo recorría la Plaza de Armas del Castillo. A pesar de la confianza
que el pueblo tenía en su Señor y su Guardia, no pocas voces opinaban que si
en cinco días no habían tenido noticias alentadoras, no había motivo para
esperarlas en los siguientes dos días de plazo.
Además, se decía:
-El tiempo de nuestros abuelos y los abuelos de
nuestros abuelos ya pasó. Ellos sí tuvieron que enfrentarse desde la cuna
con enormes dragones y a la fuerza se hicieron grandes cazadores,
extendieron los dominios del Reino Único y nos dieron nuestra grandeza y
nuestra dignidad. Sin embargo, ¿qué hemos de esperar de quienes sólo conocen
a los dragones de los cuentos?
El
Heraldo hizo sonar su trompetilla una vez más para pedir silencio. Había
pasado toda la mañana pregonando por las aldeas vecinas y las calles de
intramuros del castillo la convocatoria del Consejo. Había usado tres
caballos desde antes de que saliera el sol. Y ahora, parado sobre el estrado
en medio de la multitud, sólo pensaba en poner un poco de orden en todo
aquel desconcierto y tomarse una cerveza fresca tan pronto como el protocolo
se lo permitiese.
Pero en verdad el protocolo era como un ser con vida propia que después de
muchos años de repetirse no necesitaba Heraldo alguno para guiarse.
Con escasas fuerzas y mucho oficio, fue anunciando uno a uno a los
honorables miembros del Consejo.
Como el suceso del dragón había activado todas las alertas y precauciones
propias de la guerra, los primeros en subir fueron los Capitanes. Seis en
total, de los que no partieron con el Rey Atlombard, y de entre ellos
destacaba la imponente figura de Mederix, ya por su gran tamaño, ya por su
cojera, y también sea dicho, por su reconocido continuo mal humor. Muchas
miradas se posaron en él esa mañana a causa de su apellido y condición:
Albadón descendiente de antiguos reyes.
Subieron al estrado después los nueve Druidas del Consejo y tras un seco
saludo a los Capitanes tomaron asiento a la derecha de estos. Llamó la
atención que Sindala "olvidara" saludar a Mederix y esto hizo que renaciera
el murmullo y los cuchicheos en la Plaza de Armas, con lo que el Heraldo
tuvo que aplicarse de nuevo con la trompetilla.
-¡El Heraldo hace saber que para gracia y ventura de
su pueblo, suben ahora al estrado los más Notables de las más Grandes Casas
y Familias del Reino Único, insignes caballeros, portadores del Honor y
de...! -y así continuó con una muy larga y pomposa parrafada.
Los Capitanes habían subido al estrado impacientes y los Druidas
indiferentes, pero ahora era el turno de los Nobles y el protocolo con su
ritmo aprendido de muchos años se demoró largamente agotando la poca
paciencia de los Capitanes y sumiendo aún más en su indiferencia a los
Druidas. Y el pueblo congregado en la plaza, que sabía que no tenía nada que
decidir y que eran una mera comparsa en toda aquella escenificación, se
recreó en la demora y por unos momentos fueron jueces implacables y crueles
que con sus aplausos o abucheos puso en su sitio a los estimados y a los
denostados. Obviamente los primeros agradecían los vítores con exageradas
reverencias y estiradas sonrisas y los segundos tomaban furtivamente asiento
maldiciendo al vil populacho sin dedicarle una sola mirada. Y todos en la
plaza descargaron sus tensiones y por unos instantes nadie se acordó de la
terrible amenaza del dragón. Y a Sindala el Druida se le vio sonreír, porque
tenía buen corazón y en tiempos de desgracia se complacía de ver al pueblo
divertido aunque sólo durase lo que la risa de un niño ante el mamporrazo
del títere gruñón antes de aparecer la bruja mala.
-Apuesto tres piezas de oro a qué tomará la palabra el
Capitán Mederix -con estás palabras llamaba la atención de su
compañero de silla cierto caballerete de medio pelo pero muy famoso entre
las damas por lo hermoso y galán.
-Acepto tu apuesta y con ello pierdo tres piezas de
oro -dijo sonriendo maliciosamente el compañero.
-Tenéis razón. Apuesto sobre seguro. Muchos son los
que piensan que el tal Mederix tiene gran interés en que está desagradable
historia tenga -y en esto cambió el tono y concluyó sarcásticamente-
un buen fin.
Con su pañuelo de fina seda el caballero que aceptó la apuesta saludaba a
unas damiselas de entre el público y estás correspondían con risitas y
rápidos parpadeos de sus ojillos. Y para nada pareciera que caballero,
damisela y castillo entero, estaban amenazados de muerte por un dragón.
Hasta que las palabras de Mederix los sacaron de su ensueño.
Apoyado en su bastón, el Capitán Mederix no quiso esperar más vacías
presentaciones de Notables y caballeretes, apartó de su camino al Heraldo de
un empujón, y se colocó de repente en medio del Consejo y dejó aún a cuatro
Nobles en la escalinata de acceso al estrado sin honores que le valieran.
Éstos se miraron entre sí y tan sólo uno subió en silencio a ocupar su
sitio. Los otros tres se marcharon muy callados y según se dijo luego,
lamentando que el incidente se produjera en tan delicada situación, y que de
haber sido en otras circunstancias hubieran retado al Capitán Mederix. Pero
nadie les creyó.
-¡Basta ya de tanta pamplina! -gruñó Mederix
desde el estrado y fue escrutando uno a uno a todos los miembros del Consejo
con su mirada de zorro viejo, esa que reservaba para sus enemigos y que era
más mortal que un espadazo de su mano.
Prosiguió su plática:
-¡Os comportáis como mujerzuelas antes de un baile! Y
si no tenéis miedo es porque no tenéis conocimiento. ¡Yo os abriré los ojos!
-gritó haciendo girar su bastón en semicírculo. Torció su mirada
especialmente cuando sus ojos pasaron por Sindala.
Algunos vieron como un caballero de buena estampa y hermosa cabellera, del
que unas señoritas conocían su nombre: Nogol, se llamaba; recogía con mucho
sigilo por detrás de las sillas tres monedas de oro del caballero vestido de
azul de su lado. Y como esto sucedió justo en el momento en el que Mederix
estaba en las primeras palabras de su discurso, empezó a correr el rumor por
la plaza de que había tratos sucios en el Consejo y que los Capitanes quizás
estuvieran comprados.
-¡No sabemos en quién confiar! ¡Hablad de una vez!
-se oyó una voz desde la plaza.
-¡Tenemos miedo ya! ¿Más nos queréis asustar? ¡Voto a
Dios! -dijo entre sollozos una mujer.
Mederix dio tres pasos lentos hacia delante haciendo ostensible su cojera.
Luego hizo una pausa y dijo:
-Hablamos de dragones. Confiad en aquel que se haya
topado con un dragón y viva para contarlo.
Tres figuras aparecieron bordeando el camino de las almenas y a estas
alturas muy pocos le prestaron atención atrapados como estaban en las
palabras e increpaciones del Capitán Mederix. Aunque algunos, que parecían
ajenos a los destinos del Reino y hasta de los suyos propios si las vieron.
-¡Por el mar eterno que nunca se acaba que hoy
amaneció dos veces! -dijo Nogol mirando hacia el camino de las
almenas, allá en lo alto del muro. Y se refería sin duda a su visión de
Ninfadel, que venía acompañada de Mithas y la pequeña Loeba.
-¡Pardiez que sólo amaneció una vez, en esta hora,
porque antes todo estaba oscuro! -apostilló el caballero del traje
azul de su lado- ¿Sabéis quién es?
Ajeno al discurso de Señor Mederix, Nogol contestó:
-Es la mujer de mis sueños: hermosa, humilde,
respetuosa, caritativa. ¡Toda una dama! Y el mejor de sus dones: ¡No habla!
-¿No habla? -le interrogó su compañero.
- No. ¡Es muda!
Y con una mirada de perversa complicidad ambos se unieron en una sonora
carcajada que interrumpió el discurso del Capitán Mederix.
Mederix cambió la mirada de zorro viejo por la de lobo hambriento cuando
clavó sus pupilas en el joven Nogol. Y éste recibió tal impacto sobre su ser
que tornó en mueca pálida su risa y se perdió entre los pliegues de su capa
y ya no fue sentido más mientras duró el Consejo, que ya no fue mucho.
-La única razón por la que en estos momentos no me
juego la vida por todos vosotros junto al Rey Atlombard es por mi cojera.
¡Aunque alguno merecierais descansar eternamente en la panza sulfurosa de un
maldito dragón! -dijo intencionadamente el Capitán. Y continuó:
-Y esta cojera que me atormenta y que impide mayores
glorias a mi corazón de guerrero se la debo a un dragón. Aún recuerdo sus
ojos de vidrio cuando me perdonó la vida, porque había sido el único de toda
la expedición que le plantó cara hasta el final. Y me la perdonó en su
crueldad sabiendo que me dejaba cojo próximo a la muerte en las cumbres
frías de las Montañas de los Lagos -y su mirada de lobo hambriento se
volvió de muerto y se perdió hacia adentro a las sombras de sus penosos
recuerdos.
-Creedme. Sé de lo que os hablo. Temo por la vida de
nuestro Señor Atlombard. Temo por la vida de mi hijo Quivandos a quién envié
junto al Rey. Y temo por la vida de todos vosotros. Pero no temo por mi vida
porque ya he muerto una vez.
Un susurro en aumento recorrió toda la plaza accionado por las últimas
palabras de Mederix. Luego se hizo el silencio.
-¿Y qué hemos de hacer pues? No he venido aquí a
llorar recuerdos ajenos -espetó un Capitán del Consejo, el primero
que osó hablar tras el discurso de Mederix.
- ¡Vencer al dragón o morir con honor! -arengó
Mederix alzando con ira su bastón.
La agitación empezó a extenderse por la plaza, furiosa como agua de un río
desbordado, y fue inundando el ánimo de los congregados.
Del lado de los Druidas surgió una voz. Un intento de diálogo de Sindala.
-Pero Señores hay otra opción. No he oído nada acerca
del tesoro aún. ¡Os digo que nos queda la opción del tesoro! ¡Señores!
Pero las palabras de Sindala el Druida se perdieron entre el bullicio de la
plaza que ahora gritaba exaltada muchos "¡Vivas!", "¡Salgamos del
gallinero!", "¡A las armas!" y valentonadas por el estilo.
-¡Qué difícil es mover a uno solo, pero qué fácil es
mover a cientos! -dijo triste Sindala mientras se marchaba del
Consejo que empezaba a disolverse ante la sorpresa del Heraldo que no sabía
con que uso del protocolo se acababa una sesión que no había sido empezada.
Los hombres de la formación de campo del Capitán Mederix aparecieron como
por encanto y encaminaron a muchos de la multitud hacia la Armería Real
"para proveer un ejército del pueblo para el pueblo", decían.
-¿Y quién mantendrá a este nuevo ejército? No mi
granero. No señor -estimaba uno de los Nobles del Consejo que aun no
habían abandonado el estrado.
-Ni mucho menos mi ganado -se irritaba otro.
Satisfecho de sí mismo y con el poder que otorga el respaldo de la
muchedumbre, el Capitán Mederix paró con su poderosa mirada a los dos
Notables. Esta vez les dedicó su mirada de lobo hambriento.
-Son tiempos difíciles -dijo.
Cuatro reinados atrás. La Casa de Atlombard, los Talar, no eran reyes aún,
sino primos de reyes. Por entonces el Reino Único era gobernado y juzgado
por la Casa de los Albadón.
Un Albadón muy estimado fue aquel Quivor II que tuvo dos hijos: Guivael y
Serendel. Éste último, el menor, fue siempre inquieto de espíritu e
inadaptado para la vida y responsabilidades de la Corte y bien pronto partió
a tierras lejanas en busca de soñadas aventuras, no sin antes dilapidar
parte de la fortuna de las arcas reales en juegos, mujeres y joyas. También
robó la Espada del Linaje en donde estaban inscritos los nombres de todos
los reyes hasta Quivor II. Y esto fue algo que nunca le perdonó su padre.
Pero a pesar de este hecho, el reinado de Quivor fue cantado como justo y de
paz y a su muerte el pueblo le lloró con lágrimas de corazón y los viejos
echaron siempre de menos a quien tan rectamente portó la Corona del Reino
Único. Y así fue en la memoria hasta que pereció aquella generación.
El heredero, y "Rey puesto" por derecho, Guivael, estaba gravemente enfermo
cuando ocupó el trono y regía como bien podía los asuntos de Estado desde su
lecho. Desde su alcoba hizo llamar a su hermano Serendel para que continuara
lo que por ley le pertenecía, ya que, debido a su vieja enfermedad y
continua debilidad, Guivael nunca casó y no tenía vástago heredero.
Dos jinetes con misivas reales lacradas con el sello de la casa de Albadón
partieron hacia el Norte, dos más hacia el Sur, otros dos hacia el Este y
por último dos hacia Poniente. Ninguna comitiva regresó con noticias de
Serendel.
Los días de Guivael finalizaban, sus fuerzas declinaban. Sentía ya próxima
su muerte cuando nombró Regente al Consejo y a las pocas semanas murió.
Ante la grave crisis abierta por la sucesión, el Consejo Regente se reunió
en sesión extraordinaria para hacer cumplir lo escrito.
-Yo, Avandor Talar, cabeza de mi Casa y Familia, tomo
la Corona del Reino y el Cetro de los Jueces y como primero en derechos
sobre el trono, así restablezco el Reinado Único y la tutela de los reinos
súbditos.
Con estas palabras concluyó la ceremonia de coronación y empezó el reinado
de un nuevo linaje.
Si hubo incertidumbre pronto se disipó, puesto que era la Casa de los Talar
fuerte y poderosa y tenía más medios que sus enemigos. Además, el pueblo
pronto estuvo contento y simpatizó con el nuevo Monarca que era dado a
juegos de caballos y exhibiciones de caza, con lo que siempre hubo armonía
en los años que duró el reinado de Avandor I primo directo por parte de
madre del anterior Rey Guivael I y por derecho, justo sucesor del trono del
Reinado Único haciendo cumplir lo escrito.
Fue en el reinado de Fidusat, hijo de Avandor y padre de Atlombard, cuando
llegó al castillo un oscuro personaje que reclamaba el trono del Reino
Único. Éste era Cadax, primogénito de Serendel, y traía puesto el anillo con
el sello de la Casa de Albadón en la diestra y la Espada del Linaje, que su
padre hurtó el día de su partida, en su cinto. Tras el nombre de Quivor II,
Cadax había omitido el nombre de su tío y el de su padre y había inscrito el
suyo propio. Por lo demás, era tal la semejanza de Cadax con Serendel "El
Fugado" que nadie mostró dudas en el Consejo, ni aun el Rey Fidusat, de que
en verdad era el heredero de la Casa de Albadón.
Pero el Trono ya estaba restablecido y al regreso de Cadax se habían
sucedido dos reinados de los Talar y el Consejo había juzgado que con la
huida de Serendel éste perdió todos los derechos sobre la Corona y el Cetro
de Justicia; y con esto, el derecho de sucesión quedó cortado con Serendel y
ya no recayó sobre sus descendientes.
Fidusat acogió, no obstante, a Cadax en su castillo y las dos Casas vivieron
en paz, o así lo representaban, porque secretamente siempre tuvieron
recelos.
Cadax llegó incluso a forjarse un puesto de honor en la Guardia Real y tuvo
un hijo que le fue a la zaga. Pero la carrera militar de éste se vio
truncada por el ataque de un dragón y una dolorosa cojera.
Y ahora el Capitán Mederix, hijo de Cadax, había paralizado a dos Notables
con su sola mirada:
-Son tiempos difíciles -les había dicho.
Desde lo alto del muro, Mithas "El Viejo", observaba a la multitud
revolviéndose en la plaza. Como hormigas laboriosas entraban y salían a
tropel de la Armería Real. Allí estaban los Tenientes de Campo del Capitán
Mederix entregando picas, mazas y espadas de los antiguos ejércitos a
hombres y mujeres que hasta ese momento sólo habían tenido como únicas armas
sus azadones y cuchillos de cocina.
Dos hombres discutían por una espada, a decir verdad, bastante tosca y
mellada, y de no ser porque intervino la Guardia, se hubieran contando los
primeros muertos de aquella triste circunstancia.
-Alguien nos espera. Partamos antes de que la locura
impida andar por las calles -instó Mithas.
-¡Ay! Vos que sois Druida, decidme: ¿qué va a pasar?
-preguntó Loeba con los ojitos muy abiertos.
-De momento sólo cabe esperar -contestó "El
Viejo"-. ¡Seguidme! -y con un gesto del brazo
las guió hacía unas escalinatas que descendían del muro.
Ninfadel cogió de la mano a la pequeña Loeba y fueron tras él.
Desde hacía cinco días, los que la conocían, encontraban a Ninfadel más
"callada" de lo habitual y eso extrañaba, a pesar de su mudez y a pesar de
que todos vivieran como ahogados por la angustia a causa de la espera. Pero
los ojos de Ninfadel siempre habían sido como un afluente de emociones y
podían ser muy locuaces, por lo que echaban en falta su viveza como se
echaría en falta el canto del gallo por la mañana o el gorgojeo del ruiseñor
en el Estío. En aquellos días sus ojos habían estado muy apagados y les
parecía que ni el viento jugara con su pelo por no importunarla. Sólo Loeba
conocía el motivo de la ausencia de voz en los ojos tristes de Ninfadel.
En un punto muy distante del horizonte, más allá de las fronteras del Este,
donde las montañas toman el nombre "De Los Lagos" y el frío combate fiero
desde la puesta a la salida del sol, diez hombres valientes se afanaban en
la difícil tarea de cazar a un dragón.
Atlombard, Rey soberano de todo el Reino Único, guiaba con mano firme
aquella expedición hacia un destino quizás sin regreso.
Todas las noches había mirado melancólico a las tierras que se divisaban
hacia Poniente. Y con cada amanecer le renacían las fuerzas para conducir a
todos a la mismísima guarida del dragón al que ellos llamaban "El Muerto"
como queriendo dar por hecho el destino fatal que sus picas le tenían
gloriosamente reservado.
Pero "El Muerto" estaba bien vivo, gozaba de buena salud y fortaleza y tenía
otros planes para sí y para los hombres que tan osadamente se internaban en
sus dominios.
La mañana había transcurrido agitada en la Corte del Reino. Los aposentos de
los Notables y los salones del castillo habían sido un hervidero de
comentarios, dimes y diretes. La cautela era la divisa y cerrar filas en
favor del Rey, Ley.
Todos anhelaban el regreso victorioso del Atlombard y sus hombres, pero ya
pocos tenían verdaderas esperanzas de que ello ocurriera.
Cualquier asunto, por muy pequeño detalle que fuera, era objeto de largas
discusiones y se llegaban a las más dispares conjeturas. Como era un hecho
que se estaba en guerra contra el dragón, todos debatían el modo y el medio
en el que se deberían de llevar, o haber llevado, los asuntos para vencer a
la bestia. Y perdiéndose en estas divagaciones sucedía que muy pocos eran
los que analizaban el conflicto desde la causa:
-El Tesoro -expuso Sindala el Druida en una
habitación cerrada de puertas y ventanas a dos figuras que como él vestían
túnicas pardas con una sencilla soga de esparto atada como cinto y unas
sandalias de cuero marrón como calzado.
Guadil, Druida del Consejo, sopesaba las palabras de su compañero.
Fidas, otro Druida, menos reflexivo que los primeros, no daba crédito a las
palabras que había oído a Sindala, a quién había tenido siempre por hombre
cabal y sabio. Intentando controlar su nerviosismo así se dirigió a los dos:
-¡Ja! ¡El Tesoro! -y más que hablar parecía que
pensará en voz alta un pensamiento que no le estaba permitido como Druida
que era, pues debía de estar por encima de los bienes y poderes terrenos.
Quizás por eso miraba al débil pabilo que oscilaba en el centro de la mesa y
no a los ojos de sus interlocutores- El Tesoro
-titubeó para luego continuar-... Si renunciamos a los
derechos sobre el Tesoro Real y lo entregamos al primer lagartucho que
aparezca, sabed que estaremos ante el fin de la unidad de las tierras del
Reino. Precisamente es por la inmensa fortuna que se guarda en las Arcas
Reales que el Reino Único tiene crédito dentro y fuera de sus fronteras. Así
ha sido, es y será y ningún reptil va a cambiar la historia.
Hizo una pausa más. Sindala y Guadil cruzaron una mirada y comprendieron que
hasta los corazones de los más viejos Druidas alcanzaban a ser corrompidos
por el oro y el poder y que en su fuero interno ellos no eran tan distintos,
como pensaban, al dragón que combatían.
-Y pensad. Pensad en esto -les susurró Fidas
como quién revela un secreto-: ¿Cuándo hemos tenido
los Druidas un trato mejor que en el Reino Único? Todo el bien que podemos
hacer desde nuestra posición sería un destello que se desvanecería -y
elevando el tono terminó- si mentes débiles como las
vuestras aconsejaran equivocadamente que cediéramos ante el dragón.
¡Hermanos, os tenía por más sensatos! ¡Por los dioses!
El silencio fue la única respuesta que obtuvo de Sindala y Guadil que
miraban directamente a Fidas a los ojos. Así que éste abrió la puerta.
-Lo lamento. No contéis conmigo para lo que considero
una conspiración. Creo sinceramente que estáis equivocados. ¡Adiós!
-y cerró la puerta marchándose a grandes pasos.
Tras una breve reflexión Guadil habló:
-Se fue Fidas. Ahora todos conocerán nuestros
pensamientos.
-En efecto -asintió Sindala-.
Mederix vigilará ahora nuestros pasos. Ha sido más
fácil de lo que pensábamos dar a conocer nuestras intenciones. El plan se
hilvana por sí sólo.
Los Druidas se miraron y seguidamente se dieron un abrazo con el rictus
serio. Parecía más pura ritualística que otra cosa, pero había mucho afecto
en ese gesto.
-Ahora tengo una reunión importante. Cuidaos Hermano
Guadil. ¡Adiós! -se despidió Sindala.
-Cuidaos vos más -le aconsejó Guadil-.
Sindala se fue a sus asuntos. La reunión había terminado.
Guadil abrió las ventanas de la sala y la luz del sol iluminó un escritorio
repleto de legajos redactados con cuidada caligrafía y grabados
preciosistas. Echó un vistazo a la Plaza de Armas del Castillo y comprobó
que ya apenas había nadie. Tan sólo un grupo de tres personas, al parecer
campesinos, que hablaban con los hombres del Capitán Mederix en el pórtico
de la armería.
El Druida abrió un cajón del escritorio y extrajo un libro finamente
encuadernado en cuero negro repujado. En relieve, teñido en rojo y fileteado
con pan de oro, se leía el título: "La Desgracia de Emán".
Quien sabe si lo que nos ha llegado por las canciones es del todo cierto,
pero se cuenta, que en el tiempo de los padres de los dragones, los campos,
los valles, los ríos y las montañas no eran tan seguros como luego lo
fueron.
Grandes combates se libraron entre hombres y dragones. A menudo una aldea
entera era devastada: ganado, cosechas; y lo peor: niños, damas, ancianos y
caballeros. Todo sucumbía ante la embestida del dragón.
Sucedía que se proclamaban alianzas entre aldeas y villas vecinas y pagando
un alto coste de vidas finalmente acechaban a los dragones en sus propias
guaridas y le daban muerte o, en ocasiones, provocaban derrumbes en las
bocas de sus antros de modo que el dragón quedaba emparedado con su propio
tesoro.
Porque entre los muchos estragos que causaban los dragones a los pueblos que
atacaban, dolía especialmente éste a los gobernantes: el robo y saqueo de su
oro. Y a decir verdad, nadie supo en mucho tiempo por qué los dragones
acumulaban oro y tesoros en sus refugios.
La
aldea era vilmente agredida, pero la vida es fuerte y resurge de nuevo:
volvían a florecer los prados, a dar fruto los huertos, leche las vacas y a
correr niños sanos por las riveras de los ríos; pero el oro, ese, no volvía,
y quedaba maldito en las profundidades ocultas de la guarida de algún dragón
allá en las montañas.
Por el contrario, cuando una aldea lograba dar caza y muerte a un dragón, el
tesoro pasaba a manos de los hombres. Y así nacieron de golpe grandes
fortunas y llegó la prosperidad a muchos pueblos.
Pero si el dragón moría fuera de sus dominios, entonces se organizaban
expediciones a las montañas en busca del tesoro. A veces se encontraban y a
veces no, y quedaban en la memoria popular como leyendas de cuevas perdidas
en cumbres solitarias con ricos tesoros que esperaban ser descubiertos por
algún corazón puro probado y merecedor.
En otras ocasiones los expedicionarios se encontraban con que la cueva ya
tenía otro inquilino alojado y muchos hallaban la muerte así al final de un
viaje de codicia.
Así era la guerra continua entre el hombre y el dragón.
Los hombres empezaron a edificar piedra sobre piedra y a construir
imponentes fortalezas porque así estaban más seguros ante el dragón. Y
también, para que el hombre se protegiera del propio hombre, porque de entre
todas las criaturas, es quien se tiene a sí mismo como su peor enemigo.
En medio de los cuatro caminos del viento se erigió cierto castillo y lo
habitaron unos bizarros caballeros. De todos ellos el más destacado y
venerado fue el Señor Ramtug; así que tan pronto como el castillo se hubo
finalizado, el Concilio de Caballeros se reunió, izó el estandarte de la
Casa de Ramtug sobre la torre mayor y en adelante aquel fue conocido como el
Castillo de Ramtug sitial soberano del Reino de la Alianza.
Tres hijas tuvo el Rey y dos varones, pero al que más amada Ramtug de sus
prole fue al menor, Emán. ¡Ay, pobre Emán! ¡Cuan desdichado fue, pero cuanto
se benefició su pueblo de su desgraciada historia!
Suspiraba
Ninfadel sentada en el alfeizar de la ventana. Jugaba taciturna con un
colgante que pendía de su cuello engarzado en una cadena de oro. El cálido
viento de la tarde venía impregnado del aroma de los campos y las
golondrinas y vencejos que revoloteaban en el cielo ignoraban que se acababa
el quinto día de una espera angustiosa. Apoyada sobre su pecho la pequeña
Loeba miraba, como ella y en silencio, al horizonte que empezaba a adquirir
rojizos tonos de colores.
Llamó la atención de Loeba el colgante que giraba retozón en los dedos de
Ninfadel y lo paró en seco con su manita.
-¡Qué bello! Tu colgante de la rosa
-investigaba Loeba-. Lástima que le falte un trozo.
¿Cómo se te rompió?
Los ojos de Ninfadel se le volvieron acuosos: "No se rompió, sino se
dividió. Como mi corazón para siempre si él no regresa". Y Loeba se
estremeció porque la entendió, por eso no mostró más sorpresa cuando dos
lágrimas nacieron de los ojos de Ninfadel para morir en la comisura de sus
labios apretados de dolor.
Mithas "el Viejo" permanecía mientras tanto con los ojos cerrados meditando
en silencio. Parecía que no estaba allí y quizás así fuera. A lo mejor
estaba con los vencejos y las golondrinas volando impasible por el cielo
cada vez más oscuro.
Tres golpes secos tras la puerta sacaron del ensimismamiento a la muchacha y
a la niña. Seguidamente la puerta se abrió y pasó a la estancia un hombre
vestido con una túnica parda oculto su rostro con una capucha. Dio unos
pasos hacia el sillón en donde meditaba Mithas y acto después dobló su
rodilla izquierda apoyándola en el suelo y con la cabeza inclinada mostró
sus respetos:
-¡Bendito seáis, Maestro!
Sólo entonces abrió los ojos "El Viejo".
-Hemos esperado todo el día. Pero tomad asiento,
Sindala -respondió.
(Continuará...)
...por el momento en manos del escriba ^Arcano^

^Arcano^ |