En la aurora del quinto día de espera, los corazones de los que miraban absortos al horizonte estaban llenos de una oscura congoja y en sus espíritus habitaba la incertidumbre.



Así les habló en la mañana de la partida Atlombard "El de los Brazos Invencibles" acompañado de nueve aguerridos y valerosos soldados de su Guardia.

Ninfadel acompañaba cada mañana a su abuelo a las almenas del muro para contemplar el amanecer y quizás, así lo deseaban, ver al valiente Rey Atlombard regresar con la cabeza del dragón como trofeo.

Ninfadel era ciertamente muy hermosa. Sus miembros eran flexibles como juncos y su pelo era como las olas rompiendo en el acantilado, pero había sido privada desde su nacimiento del don de la palabra.

Ninfadel hablaba, pero hablaba con sus ojos. Sin articular palabra todo lo decía con su mirada: el desconsuelo y la alegría, la ira y la templanza, la serenidad y la pasión. Sucedía que todos procuraban no revelarle nada oculto, porque tal era la expresión de sus ojos, se decía, que hasta podía contar secretos y cosas nuevas a quien no las sabía. Y si Ninfadel quería permanecer en silencio no tenía más que entrecerrar sus ojos y así los demás sabían que Ninfadel "estaba callada":

-surgió, oportuna como siempre, la pequeñita figura de Loeba, subiendo las escaleras de tres en tres escalones.
Ninfadel miró a su abuelo.

- contestó Mithas a la mirada de su nieta.

Loeba, jadeante y nerviosa, saltó hasta el último peldaño y sin descansar les habló precipitada:




Un murmullo recorría la Plaza de Armas del Castillo. A pesar de la confianza que el pueblo tenía en su Señor y su Guardia, no pocas voces opinaban que si en cinco días no habían tenido noticias alentadoras, no había motivo para esperarlas en los siguientes dos días de plazo.

Además, se decía:



El Heraldo hizo sonar su trompetilla una vez más para pedir silencio. Había pasado toda la mañana pregonando por las aldeas vecinas y las calles de intramuros del castillo la convocatoria del Consejo. Había usado tres caballos desde antes de que saliera el sol. Y ahora, parado sobre el estrado en medio de la multitud, sólo pensaba en poner un poco de orden en todo aquel desconcierto y tomarse una cerveza fresca tan pronto como el protocolo se lo permitiese.

Pero en verdad el protocolo era como un ser con vida propia que después de muchos años de repetirse no necesitaba Heraldo alguno para guiarse.
Con escasas fuerzas y mucho oficio, fue anunciando uno a uno a los honorables miembros del Consejo.

Como el suceso del dragón había activado todas las alertas y precauciones propias de la guerra, los primeros en subir fueron los Capitanes. Seis en total, de los que no partieron con el Rey Atlombard, y de entre ellos destacaba la imponente figura de Mederix, ya por su gran tamaño, ya por su cojera, y también sea dicho, por su reconocido continuo mal humor. Muchas miradas se posaron en él esa mañana a causa de su apellido y condición: Albadón descendiente de antiguos reyes.

Subieron al estrado después los nueve Druidas del Consejo y tras un seco saludo a los Capitanes tomaron asiento a la derecha de estos. Llamó la atención que Sindala "olvidara" saludar a Mederix y esto hizo que renaciera el murmullo y los cuchicheos en la Plaza de Armas, con lo que el Heraldo tuvo que aplicarse de nuevo con la trompetilla.

-y así continuó con una muy larga y pomposa parrafada.

Los Capitanes habían subido al estrado impacientes y los Druidas indiferentes, pero ahora era el turno de los Nobles y el protocolo con su ritmo aprendido de muchos años se demoró largamente agotando la poca paciencia de los Capitanes y sumiendo aún más en su indiferencia a los Druidas. Y el pueblo congregado en la plaza, que sabía que no tenía nada que decidir y que eran una mera comparsa en toda aquella escenificación, se recreó en la demora y por unos momentos fueron jueces implacables y crueles que con sus aplausos o abucheos puso en su sitio a los estimados y a los denostados. Obviamente los primeros agradecían los vítores con exageradas reverencias y estiradas sonrisas y los segundos tomaban furtivamente asiento maldiciendo al vil populacho sin dedicarle una sola mirada. Y todos en la plaza descargaron sus tensiones y por unos instantes nadie se acordó de la terrible amenaza del dragón. Y a Sindala el Druida se le vio sonreír, porque tenía buen corazón y en tiempos de desgracia se complacía de ver al pueblo divertido aunque sólo durase lo que la risa de un niño ante el mamporrazo del títere gruñón antes de aparecer la bruja mala.


-con estás palabras llamaba la atención de su compañero de silla cierto caballerete de medio pelo pero muy famoso entre las damas por lo hermoso y galán.

-dijo sonriendo maliciosamente el compañero.

-y en esto cambió el tono y concluyó sarcásticamente- un buen fin.

Con su pañuelo de fina seda el caballero que aceptó la apuesta saludaba a unas damiselas de entre el público y estás correspondían con risitas y rápidos parpadeos de sus ojillos. Y para nada pareciera que caballero, damisela y castillo entero, estaban amenazados de muerte por un dragón. Hasta que las palabras de Mederix los sacaron de su ensueño.


Apoyado en su bastón, el Capitán Mederix no quiso esperar más vacías presentaciones de Notables y caballeretes, apartó de su camino al Heraldo de un empujón, y se colocó de repente en medio del Consejo y dejó aún a cuatro Nobles en la escalinata de acceso al estrado sin honores que le valieran. Éstos se miraron entre sí y tan sólo uno subió en silencio a ocupar su sitio. Los otros tres se marcharon muy callados y según se dijo luego, lamentando que el incidente se produjera en tan delicada situación, y que de haber sido en otras circunstancias hubieran retado al Capitán Mederix. Pero nadie les creyó.

-gruñó Mederix desde el estrado y fue escrutando uno a uno a todos los miembros del Consejo con su mirada de zorro viejo, esa que reservaba para sus enemigos y que era más mortal que un espadazo de su mano.

Prosiguió su plática:

-gritó haciendo girar su bastón en semicírculo. Torció su mirada especialmente cuando sus ojos pasaron por Sindala.

Algunos vieron como un caballero de buena estampa y hermosa cabellera, del que unas señoritas conocían su nombre: Nogol, se llamaba; recogía con mucho sigilo por detrás de las sillas tres monedas de oro del caballero vestido de azul de su lado. Y como esto sucedió justo en el momento en el que Mederix estaba en las primeras palabras de su discurso, empezó a correr el rumor por la plaza de que había tratos sucios en el Consejo y que los Capitanes quizás estuvieran comprados.

-se oyó una voz desde la plaza.

-dijo entre sollozos una mujer.

Mederix dio tres pasos lentos hacia delante haciendo ostensible su cojera. Luego hizo una pausa y dijo:




Tres figuras aparecieron bordeando el camino de las almenas y a estas alturas muy pocos le prestaron atención atrapados como estaban en las palabras e increpaciones del Capitán Mederix. Aunque algunos, que parecían ajenos a los destinos del Reino y hasta de los suyos propios si las vieron.

-dijo Nogol mirando hacia el camino de las almenas, allá en lo alto del muro. Y se refería sin duda a su visión de Ninfadel, que venía acompañada de Mithas y la pequeña Loeba.

-apostilló el caballero del traje azul de su lado-

Ajeno al discurso de Señor Mederix, Nogol contestó:



-le interrogó su compañero.



Y con una mirada de perversa complicidad ambos se unieron en una sonora carcajada que interrumpió el discurso del Capitán Mederix.


Mederix cambió la mirada de zorro viejo por la de lobo hambriento cuando clavó sus pupilas en el joven Nogol. Y éste recibió tal impacto sobre su ser que tornó en mueca pálida su risa y se perdió entre los pliegues de su capa y ya no fue sentido más mientras duró el Consejo, que ya no fue mucho.

-dijo intencionadamente el Capitán. Y continuó:

-y su mirada de lobo hambriento se volvió de muerto y se perdió hacia adentro a las sombras de sus penosos recuerdos.



Un susurro en aumento recorrió toda la plaza accionado por las últimas palabras de Mederix. Luego se hizo el silencio.

-espetó un Capitán del Consejo, el primero que osó hablar tras el discurso de Mederix.

-arengó Mederix alzando con ira su bastón.

La agitación empezó a extenderse por la plaza, furiosa como agua de un río desbordado, y fue inundando el ánimo de los congregados.

Del lado de los Druidas surgió una voz. Un intento de diálogo de Sindala.



Pero las palabras de Sindala el Druida se perdieron entre el bullicio de la plaza que ahora gritaba exaltada muchos "¡Vivas!", "¡Salgamos del gallinero!", "¡A las armas!" y valentonadas por el estilo.

-dijo triste Sindala mientras se marchaba del Consejo que empezaba a disolverse ante la sorpresa del Heraldo que no sabía con que uso del protocolo se acababa una sesión que no había sido empezada.

Los hombres de la formación de campo del Capitán Mederix aparecieron como por encanto y encaminaron a muchos de la multitud hacia la Armería Real "para proveer un ejército del pueblo para el pueblo", decían.

-estimaba uno de los Nobles del Consejo que aun no habían abandonado el estrado.

-se irritaba otro.

Satisfecho de sí mismo y con el poder que otorga el respaldo de la muchedumbre, el Capitán Mederix paró con su poderosa mirada a los dos Notables. Esta vez les dedicó su mirada de lobo hambriento.

-dijo.


Cuatro reinados atrás. La Casa de Atlombard, los Talar, no eran reyes aún, sino primos de reyes. Por entonces el Reino Único era gobernado y juzgado por la Casa de los Albadón.

Un Albadón muy estimado fue aquel Quivor II que tuvo dos hijos: Guivael y Serendel. Éste último, el menor, fue siempre inquieto de espíritu e inadaptado para la vida y responsabilidades de la Corte y bien pronto partió a tierras lejanas en busca de soñadas aventuras, no sin antes dilapidar parte de la fortuna de las arcas reales en juegos, mujeres y joyas. También robó la Espada del Linaje en donde estaban inscritos los nombres de todos los reyes hasta Quivor II. Y esto fue algo que nunca le perdonó su padre.

Pero a pesar de este hecho, el reinado de Quivor fue cantado como justo y de paz y a su muerte el pueblo le lloró con lágrimas de corazón y los viejos echaron siempre de menos a quien tan rectamente portó la Corona del Reino Único. Y así fue en la memoria hasta que pereció aquella generación.

El heredero, y "Rey puesto" por derecho, Guivael, estaba gravemente enfermo cuando ocupó el trono y regía como bien podía los asuntos de Estado desde su lecho. Desde su alcoba hizo llamar a su hermano Serendel para que continuara lo que por ley le pertenecía, ya que, debido a su vieja enfermedad y continua debilidad, Guivael nunca casó y no tenía vástago heredero.

Dos jinetes con misivas reales lacradas con el sello de la casa de Albadón partieron hacia el Norte, dos más hacia el Sur, otros dos hacia el Este y por último dos hacia Poniente. Ninguna comitiva regresó con noticias de Serendel.

Los días de Guivael finalizaban, sus fuerzas declinaban. Sentía ya próxima su muerte cuando nombró Regente al Consejo y a las pocas semanas murió.

Ante la grave crisis abierta por la sucesión, el Consejo Regente se reunió en sesión extraordinaria para hacer cumplir lo escrito.



Con estas palabras concluyó la ceremonia de coronación y empezó el reinado de un nuevo linaje.

Si hubo incertidumbre pronto se disipó, puesto que era la Casa de los Talar fuerte y poderosa y tenía más medios que sus enemigos. Además, el pueblo pronto estuvo contento y simpatizó con el nuevo Monarca que era dado a juegos de caballos y exhibiciones de caza, con lo que siempre hubo armonía en los años que duró el reinado de Avandor I primo directo por parte de madre del anterior Rey Guivael I y por derecho, justo sucesor del trono del Reinado Único haciendo cumplir lo escrito.

Fue en el reinado de Fidusat, hijo de Avandor y padre de Atlombard, cuando llegó al castillo un oscuro personaje que reclamaba el trono del Reino Único. Éste era Cadax, primogénito de Serendel, y traía puesto el anillo con el sello de la Casa de Albadón en la diestra y la Espada del Linaje, que su padre hurtó el día de su partida, en su cinto. Tras el nombre de Quivor II, Cadax había omitido el nombre de su tío y el de su padre y había inscrito el suyo propio. Por lo demás, era tal la semejanza de Cadax con Serendel "El Fugado" que nadie mostró dudas en el Consejo, ni aun el Rey Fidusat, de que en verdad era el heredero de la Casa de Albadón.

Pero el Trono ya estaba restablecido y al regreso de Cadax se habían sucedido dos reinados de los Talar y el Consejo había juzgado que con la huida de Serendel éste perdió todos los derechos sobre la Corona y el Cetro de Justicia; y con esto, el derecho de sucesión quedó cortado con Serendel y ya no recayó sobre sus descendientes.

Fidusat acogió, no obstante, a Cadax en su castillo y las dos Casas vivieron en paz, o así lo representaban, porque secretamente siempre tuvieron recelos.

Cadax llegó incluso a forjarse un puesto de honor en la Guardia Real y tuvo un hijo que le fue a la zaga. Pero la carrera militar de éste se vio truncada por el ataque de un dragón y una dolorosa cojera.

Y ahora el Capitán Mederix, hijo de Cadax, había paralizado a dos Notables con su sola mirada:

-les había dicho.


Desde lo alto del muro, Mithas "El Viejo", observaba a la multitud revolviéndose en la plaza. Como hormigas laboriosas entraban y salían a tropel de la Armería Real. Allí estaban los Tenientes de Campo del Capitán Mederix entregando picas, mazas y espadas de los antiguos ejércitos a hombres y mujeres que hasta ese momento sólo habían tenido como únicas armas sus azadones y cuchillos de cocina.

Dos hombres discutían por una espada, a decir verdad, bastante tosca y mellada, y de no ser porque intervino la Guardia, se hubieran contando los primeros muertos de aquella triste circunstancia.

-instó Mithas.

-preguntó Loeba con los ojitos muy abiertos.

-contestó "El Viejo"-. -y con un gesto del brazo las guió hacía unas escalinatas que descendían del muro.

Ninfadel cogió de la mano a la pequeña Loeba y fueron tras él.

Desde hacía cinco días, los que la conocían, encontraban a Ninfadel más "callada" de lo habitual y eso extrañaba, a pesar de su mudez y a pesar de que todos vivieran como ahogados por la angustia a causa de la espera. Pero los ojos de Ninfadel siempre habían sido como un afluente de emociones y podían ser muy locuaces, por lo que echaban en falta su viveza como se echaría en falta el canto del gallo por la mañana o el gorgojeo del ruiseñor en el Estío. En aquellos días sus ojos habían estado muy apagados y les parecía que ni el viento jugara con su pelo por no importunarla. Sólo Loeba conocía el motivo de la ausencia de voz en los ojos tristes de Ninfadel.

En un punto muy distante del horizonte, más allá de las fronteras del Este, donde las montañas toman el nombre "De Los Lagos" y el frío combate fiero desde la puesta a la salida del sol, diez hombres valientes se afanaban en la difícil tarea de cazar a un dragón.

Atlombard, Rey soberano de todo el Reino Único, guiaba con mano firme aquella expedición hacia un destino quizás sin regreso.

Todas las noches había mirado melancólico a las tierras que se divisaban hacia Poniente. Y con cada amanecer le renacían las fuerzas para conducir a todos a la mismísima guarida del dragón al que ellos llamaban "El Muerto" como queriendo dar por hecho el destino fatal que sus picas le tenían gloriosamente reservado.

Pero "El Muerto" estaba bien vivo, gozaba de buena salud y fortaleza y tenía otros planes para sí y para los hombres que tan osadamente se internaban en sus dominios.

La mañana había transcurrido agitada en la Corte del Reino. Los aposentos de los Notables y los salones del castillo habían sido un hervidero de comentarios, dimes y diretes. La cautela era la divisa y cerrar filas en favor del Rey, Ley.

Todos anhelaban el regreso victorioso del Atlombard y sus hombres, pero ya pocos tenían verdaderas esperanzas de que ello ocurriera.

Cualquier asunto, por muy pequeño detalle que fuera, era objeto de largas discusiones y se llegaban a las más dispares conjeturas. Como era un hecho que se estaba en guerra contra el dragón, todos debatían el modo y el medio en el que se deberían de llevar, o haber llevado, los asuntos para vencer a la bestia. Y perdiéndose en estas divagaciones sucedía que muy pocos eran los que analizaban el conflicto desde la causa:

-expuso Sindala el Druida en una habitación cerrada de puertas y ventanas a dos figuras que como él vestían túnicas pardas con una sencilla soga de esparto atada como cinto y unas sandalias de cuero marrón como calzado.

Guadil, Druida del Consejo, sopesaba las palabras de su compañero.

Fidas, otro Druida, menos reflexivo que los primeros, no daba crédito a las palabras que había oído a Sindala, a quién había tenido siempre por hombre cabal y sabio. Intentando controlar su nerviosismo así se dirigió a los dos:

-y más que hablar parecía que pensará en voz alta un pensamiento que no le estaba permitido como Druida que era, pues debía de estar por encima de los bienes y poderes terrenos. Quizás por eso miraba al débil pabilo que oscilaba en el centro de la mesa y no a los ojos de sus interlocutores- -titubeó para luego continuar-

Hizo una pausa más. Sindala y Guadil cruzaron una mirada y comprendieron que hasta los corazones de los más viejos Druidas alcanzaban a ser corrompidos por el oro y el poder y que en su fuero interno ellos no eran tan distintos, como pensaban, al dragón que combatían.

-les susurró Fidas como quién revela un secreto-: -y elevando el tono terminó-

El silencio fue la única respuesta que obtuvo de Sindala y Guadil que miraban directamente a Fidas a los ojos. Así que éste abrió la puerta.

-y cerró la puerta marchándose a grandes pasos.

Tras una breve reflexión Guadil habló:



-asintió Sindala-.

Los Druidas se miraron y seguidamente se dieron un abrazo con el rictus serio. Parecía más pura ritualística que otra cosa, pero había mucho afecto en ese gesto.

-se despidió Sindala.

-le aconsejó Guadil-.

Sindala se fue a sus asuntos. La reunión había terminado.

Guadil abrió las ventanas de la sala y la luz del sol iluminó un escritorio repleto de legajos redactados con cuidada caligrafía y grabados preciosistas. Echó un vistazo a la Plaza de Armas del Castillo y comprobó que ya apenas había nadie. Tan sólo un grupo de tres personas, al parecer campesinos, que hablaban con los hombres del Capitán Mederix en el pórtico de la armería.

El Druida abrió un cajón del escritorio y extrajo un libro finamente encuadernado en cuero negro repujado. En relieve, teñido en rojo y fileteado con pan de oro, se leía el título: "La Desgracia de Emán".

Quien sabe si lo que nos ha llegado por las canciones es del todo cierto, pero se cuenta, que en el tiempo de los padres de los dragones, los campos, los valles, los ríos y las montañas no eran tan seguros como luego lo fueron.

Grandes combates se libraron entre hombres y dragones. A menudo una aldea entera era devastada: ganado, cosechas; y lo peor: niños, damas, ancianos y caballeros. Todo sucumbía ante la embestida del dragón.

Sucedía que se proclamaban alianzas entre aldeas y villas vecinas y pagando un alto coste de vidas finalmente acechaban a los dragones en sus propias guaridas y le daban muerte o, en ocasiones, provocaban derrumbes en las bocas de sus antros de modo que el dragón quedaba emparedado con su propio tesoro.

Porque entre los muchos estragos que causaban los dragones a los pueblos que atacaban, dolía especialmente éste a los gobernantes: el robo y saqueo de su oro. Y a decir verdad, nadie supo en mucho tiempo por qué los dragones acumulaban oro y tesoros en sus refugios.

La aldea era vilmente agredida, pero la vida es fuerte y resurge de nuevo: volvían a florecer los prados, a dar fruto los huertos, leche las vacas y a correr niños sanos por las riveras de los ríos; pero el oro, ese, no volvía, y quedaba maldito en las profundidades ocultas de la guarida de algún dragón allá en las montañas.

Por el contrario, cuando una aldea lograba dar caza y muerte a un dragón, el tesoro pasaba a manos de los hombres. Y así nacieron de golpe grandes fortunas y llegó la prosperidad a muchos pueblos.

Pero si el dragón moría fuera de sus dominios, entonces se organizaban expediciones a las montañas en busca del tesoro. A veces se encontraban y a veces no, y quedaban en la memoria popular como leyendas de cuevas perdidas en cumbres solitarias con ricos tesoros que esperaban ser descubiertos por algún corazón puro probado y merecedor.
En otras ocasiones los expedicionarios se encontraban con que la cueva ya tenía otro inquilino alojado y muchos hallaban la muerte así al final de un viaje de codicia.

Así era la guerra continua entre el hombre y el dragón.

Los hombres empezaron a edificar piedra sobre piedra y a construir imponentes fortalezas porque así estaban más seguros ante el dragón. Y también, para que el hombre se protegiera del propio hombre, porque de entre todas las criaturas, es quien se tiene a sí mismo como su peor enemigo.

En medio de los cuatro caminos del viento se erigió cierto castillo y lo habitaron unos bizarros caballeros. De todos ellos el más destacado y venerado fue el Señor Ramtug; así que tan pronto como el castillo se hubo finalizado, el Concilio de Caballeros se reunió, izó el estandarte de la Casa de Ramtug sobre la torre mayor y en adelante aquel fue conocido como el Castillo de Ramtug sitial soberano del Reino de la Alianza.

Tres hijas tuvo el Rey y dos varones, pero al que más amada Ramtug de sus prole fue al menor, Emán. ¡Ay, pobre Emán! ¡Cuan desdichado fue, pero cuanto se benefició su pueblo de su desgraciada historia!

Suspiraba Ninfadel sentada en el alfeizar de la ventana. Jugaba taciturna con un colgante que pendía de su cuello engarzado en una cadena de oro. El cálido viento de la tarde venía impregnado del aroma de los campos y las golondrinas y vencejos que revoloteaban en el cielo ignoraban que se acababa el quinto día de una espera angustiosa. Apoyada sobre su pecho la pequeña Loeba miraba, como ella y en silencio, al horizonte que empezaba a adquirir rojizos tonos de colores.

Llamó la atención de Loeba el colgante que giraba retozón en los dedos de Ninfadel y lo paró en seco con su manita.

-investigaba Loeba-.

Los ojos de Ninfadel se le volvieron acuosos: "No se rompió, sino se dividió. Como mi corazón para siempre si él no regresa". Y Loeba se estremeció porque la entendió, por eso no mostró más sorpresa cuando dos lágrimas nacieron de los ojos de Ninfadel para morir en la comisura de sus labios apretados de dolor.

Mithas "el Viejo" permanecía mientras tanto con los ojos cerrados meditando en silencio. Parecía que no estaba allí y quizás así fuera. A lo mejor estaba con los vencejos y las golondrinas volando impasible por el cielo cada vez más oscuro.

Tres golpes secos tras la puerta sacaron del ensimismamiento a la muchacha y a la niña. Seguidamente la puerta se abrió y pasó a la estancia un hombre vestido con una túnica parda oculto su rostro con una capucha. Dio unos pasos hacia el sillón en donde meditaba Mithas y acto después dobló su rodilla izquierda apoyándola en el suelo y con la cabeza inclinada mostró sus respetos:



Sólo entonces abrió los ojos "El Viejo".

-respondió.


(Continuará...)
...por el momento en manos del escriba ^Arcano^

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^Arcano^