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Hubo en tiempos lejanos un antiguo
reino ya desaparecido, habitado por gentes muy avanzadas en sabiduría, mucho
más que otras civilizaciones. Los habitantes de este legendario reino
veneraban a Gea, la diosa de la Tierra, y Gheezis, el dios del Sol, que da
vida a todas las cosas.
En él vivían dos jóvenes, Llenlleawg y Rhiannon, desconocidos el uno para el
otro, pero con vidas muy semejantes entre si, aunque no precisamente
monótonas, ya que los dos eran miembros de la casta religiosa, aunque
novicios. Ella pertenecía al Culto a Gheezis, él era del Culto a Gea. Jamás
en su vida habían coincidido una sola vez, aunque bien pronto habrían de
hacerlo.
El templo preparaba el homenaje conjunto a los dioses, ya que Gea no
existiría si el Sol no la iluminase. Esta celebración se realizaba cada
siete años, y aquella vez los designados para rendir honor a los dioses eran
ellos.
Después pasarían a ser miembros de la clase de los sacerdotes.
Llegó el día señalado, y los dos muchachos fueron al templo antes del
amanecer, para prepararse. Rhiannon se disponía a entrar en la sala donde se
guardaban los objetos destinados a la ceremonia, cuando de repente se abrió
la puerta, y alguien tropezó con ella, con tanto ímpetu que los dos cayeron
al suelo:
-Lo... lo siento. No sabía que hubiese alguien
-dijo una voz masculina.
Ella alzó la mirada, y se encontró con un chico pelirrojo y de pelo largo.
-No te preocupes
-respondió la muchacha-, aún es pronto para que
haya nadie. He querido venir pronto, y prepararme a tiempo. ¿Tú también
estás elegido?.
El asintió, y ayudó a levantarse a la joven morena que iba a ser su
compañera. Juntos, iniciaron los preparativos; al acercarse la hora,
entraron cada uno en una habitación, para vestirse con las ropas,
consistentes en dos túnicas: la de él negra con dibujos verdes alrededor de
las mangas, la de ella de color azul claro y una cenefa dorada en los
extremos. No llevarían ningún adorno, tan solo una corona de hojas de laurel
ciñéndoles el pelo.
Después de ponerse las túnicas, salieron de las
habitaciones, e iban a sentarse para descansar, cuando las puertas del
templo se abrieron y oyeron unos pasos que se acercaban cada vez más. El
momento había llegado. Cogieron los objetos ceremoniales y aguardaron,
listos para salir a la plaza...
Continuará…

^Isilme^ |